¿Van al Infierno los Tiranos?

fidel

Ha fallecido Fidel Castro y los creyentes elevan una oración por su alma. Es decir: le desean la salvación eterna, y la dan por posible. Aún a pesar de su trayectoria y de todo el sufrimiento causado. A algunos les sale natural, a otros les resulta más difícil, a otros -quizá víctimas- casi imposible. “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”… suena muy bien los domingo en misa de una…

Fiat iustitia

A la vez, algo se revuelve en nuestro interior al pensar en la posibilidad de un encuentro entre víctimas y verdugos, si no media un sincero arrepentimiento. Como escribiera Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza:

Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado. Ambas –justicia y gracia– han de ser vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor. Contra este tipo de cielo y de gracia ha protestado con razón, por ejemplo, Dostoëvskij en su novela Los hermanos Karamazov. Al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada” (Spe Salvi, n. 44).

Esta es una exigencia tan inmediata y por decirlo así visceral, que es innegable. Pero a la vez hace saltar en nosotros el remordimiento. ¿Y en qué queda la misericordia? ¿No deberíamos perdonarlo todo, una vez en el Cielo, y alegrarnos de que todos se sentaran a la misma mesa, hayan hecho lo que hayan hecho?

Lasciate ogni speranza voi qui entrate

Acabamos de cerrar el Año de la Misericordia y parece duro pensar en la condenación eterna de alguien. Y sin embargo, es obligado reconocer que es posible, aunque resulte sorprendente. Y pensar que de hecho todos nosotros hemos recorrido alguna vez algo del camino que conduce a ese abismo. Vuelvo a citar el mismo documento de Benedicto:

La opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte; esta vida suya está ante el Juez. Su opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda la vida, puede tener distintas formas. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno” (Spe Salvi, n. 45).

El infierno es definido en el catecismo como el “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados” (Catecismo, n. 1033). Algunos santos han tenido “visiones místicas del infierno”, y todos vivimos de las imágenes de Dante. Pero hay pocas descripciones más tremendas de la condenación eterna que la del poeta inglés converso al catolicismo G.M. Hopkins, durante su noche oscura:

I wake and feel the fell of dark, not day.
What hours, O what black hours we have spent
This night! what sights you, heart, saw; ways you went!
And more must, in yet longer light’s delay.
With witness I speak this. But where I say
Hours I mean years, mean life. And my lament
Is cries countless, cries like dead letters sent
To dearest him that lives alas! away.

I am gall, I am heartburn. God’s most deep decree
Bitter would have me taste: my taste was me;
Bones built in me, flesh filled, blood brimmed the curse.
Selfyeast of spirit a dull dough sours. I see
The lost are like this, and their scourge to be
As I am mine, their sweating selves; but worse. (*)

Lo terrible es pensar que ese estado se debe a la propia voluntad. Nadie es condenado sin mediar su voluntad endurecida en el mal. La misma posibilidad del perdón y la misericordia se convierten a veces en piedra de escándalo. Lo que a unos les salva -salvajes como hayan sido sus (nuestros) pecados- a otros los condena: el gesto de un padre que ofrece su abrazo.

Malvados en conciencia

Pero en este punto se abre otro interrogante. ¿Es posible que alguien se autoexcluya “en conciencia”? ¿Y si es así, no debería obtener la salvación? ¿No es la conciencia la norma próxima de la moral que todos debemos seguir? ¿No es el premio eterno para los que siguen su conciencia? ¿No sería absurdo encontrar a alguien en el infierno totalmente convencido de lo que hace? A primera vista así es.

Pero hay dos comentarios que podemos hacer. El primero un poco teológico: es absurdo imaginar el cielo (la salvación) como un lugar o un estado distinto de la comunión con Dios. Son sinónimos. Pensar en el Cielo como la autorrealización subjetiva se acerca demasiado al amargor del poema de Hopkins. El segundo comentario lo dejaré en manos de Joseph Ratzinger, en el texto de una importante conferencia sobre Conciencia y Verdad. Cita quizá un poco larga, pero imprescindible.

La conciencia errónea protege al hombre de las onerosas exigencias de la verdad, y de esta manera lo salva…: tal era la argumentación. (…) En este aspecto, aquí se da por supuesta precisamente la concepción de la conciencia del liberalismo. La conciencia no abre al camino liberador de la verdad, que o no existe en absoluto o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos dispensa de la verdad; se trasforma en la justificación de la subjetividad, que no admite ser cuestionada (…).

Lo que para mi había sido sólo marginalmente claro en esta discusión se hizo plenamente evidente algo después con ocasión de una disputa entre colegas a propósito del poder de justificación de la conciencia errónea. Alguien objetó a esta tesis que, en caso de tener un valor universal, entonces incluso los miembros de las SS nazis estarían justificados y tendríamos que buscarlos en el paraíso; pues ellos llevaron a cabo sus atrocidades con fanática convicción y con absoluta certeza de conciencia. A lo cual otro respondió con toda naturalidad que así eran las cosas: no hay duda alguna de que Hitler y sus cómplices estaban profundamente convencidos de su causa, no habrían podido obrar diversamente, y en consecuencia, por espantosas que fueran objetivamente sus acciones, ellos, a nivel subjetivo, procedieron moralmente bien. Puesto que siguieron su conciencia, aunque deformada, hay que reconocer que su comportamiento era para ellos moral, y por tanto no se puede poner en duda su salvación eterna.

Después de semejante conversación tuve la plena certeza de que algo no cuadraba en esta teoría sobre el poder justificador de la conciencia subjetiva; en otras palabras, estuve seguro de que debía ser falsa una concepción de la conciencia que llevaba a tales conclusiones.

Últimas confesiones de Fidel Castro

Quizá como colofón, es significativo saber que en el libro-entrevista a Benedicto XI, titulado Últimas conversaciones, el Papa Emérito cuenta sobre su encuentro con Fidel que “fue de alguna manera conmovedor”. “Es un hombre anciano que está enfermo -continúa- sin embargo sigue manteniendo la vitalidad. Creo que nunca podrá liberarse de la mentalidad en la que ha crecido. Pero ve que el transcurso de la historia mundial le llevan a reconsiderar algunas cuestiones, sobre todo religiosas”.

“Le he invitado a que lea la Introducción al Cristianismo y algún otro. No es el tipo de hombre del que se podría esperar una conversión, pero se ha dado cuenta de que necesita reflexionar”, concluye Ratzinger.

Cuando uno imagina la autoexclusión se la representa totalmente cerril, impermeable a cualquier argumento o gesto de cariño, y en ese sentido, “una decisión de conciencia”, inapelable.

Las dudas de Fidel no parecen haber culminado en su conversión. Ni siquiera después de conversaciones privadas con Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco. Hoy hemos sabido que Ortega y Gasset murió besando un crucifijo. No ha sido así con Fidel. Pero más allá de lo que podemos observar sigue habiendo esperanza para la persona. Cruzado el umbral de la muerte, ya no.

La esperanza del verdugo surge de la misma fuente que la esperanza de la víctima: la justicia y la misericordia divinas que nos liberan de nuestros yoes sudorosos y de la jaula de nuestra conciencia autojustificadora.

 

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(*) Aunque Hopkins es imposible de traducir ahí va un intento:

Despierto y siento la caída de la noche, no el amanecer.
Qué horas, ¡Oh, qué negras horas hemos pasado
esta noche! ¡Qué paisajes has visto corazón; qué caminos recorriste!
Y aún deberás seguir, mientras se demora aún más la luz del día.
Tengo testigos. Y donde digo
horas quiero decir años, quiero decir la vida entera. Y mi lamento
son llantos incontables, llantos como cartas muertas gritadas
al ser más querido que vive, ay, demasiado lejos.

Exasperado, me arden las entrañas. El decreto más profundo de Dios
ha amargado mi sentido del gusto: mi sabor soy yo mismo.
Mis huesos se han levantado y se llenaron de carne, la sangre rebosó la maldición.
La levadura de mi espíritu fermenta una masa insulsa. Y entiendo
que lo mismo sucede con los condenados. Que su flagelo es,
lo mismo que yo el mío: sus yoes sudorosos. Pero es aún peor.

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