Una Cataluña de amigos y enemigos

En estos días me han llamado “fascista opresor”, y han puesto en duda mi “dignidad” como profesor de ética, debido a mi apoyo al orden constitucional (que no es lo mismo que apoyar todo lo que diga o haga cualquier otro que diga apoyarlo).

Y me parece muy coherente. Acusar de opresión injusta e inaceptable al Estado Español es el único modo de justificar las acciones del Govern fuera de la ley -española, catalana- y contra la voluntad de -al menos, aproximadamente- la mitad de la población; y su irresponsabilidad al jugar a la polarización y a la provocación de situaciones que “enmarquen” su causa y demuestren “ex post facto” que tenían razón.

Pero “el Estado” no es una entelequia. Ni siquiera es Madrit. El Estado en este caso somos también los que vivimos en Cataluña -esa otra mitad, al menos-, que nos convertimos automáticamente en cómplices. Por eso está justificado también llamar hoy desde el Govern -y pagado con impuestos de todos- a un paro, que viola mis derechos como trabajador para ocultar mis posiciones políticas, y que hará irrespirable el clima en muchos puestos de trabajo para quienes no comparten -en el fin y/o en los medios- la revolución independentista en marcha.

Lanzarse fuera del orden jurídico tiene implicaciones muy radicales para la convivencia, al margen de las propiamente jurídicas y políticas. Ese curso de acción solo puede recibir dos valoraciones antitéticas: o bien es un acto de suprema justicia contra un orden tiránico, aunque sea muy arriesgado; o bien es un acto de injusticia ilegal inaceptable, contra las leyes que defienden la libertad de todos, sobre todo de los más débiles.

Desde luego, una vez “echados al monte” lo que ya no cabe es que consideremos respectivamente las posiciones como “respetables”, “dentro de lo opinable”, “debatibles”. Es más, ya no solo las opiniones no son respetables. Sino que tampoco quienes las sostienen. Pues, insisto, o bien uno es opresor cómplice, o bien es revolucionario irresponsable y por lo tanto, también, opresor a su manera, sobre todo si lo hace desde las instituciones y con dinero de todos.

Entre opresor y oprimido no cabe amistad, diálogo, encuentro. Solo cabe la lucha, la distinción existencial entre amigo y enemigo. Como dicen los hermanos Karamazov: “al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada”.

Otra cosa es que haya gente que no se aclarara, con sentimientos encontrados. Con esos quizá se pueda hablar todavía por un rato. Pero la presión de la polarización política obligará a que tomen partido. Por ejemplo, hoy mismo: hacer o no hacer huelga. También cabe quizá que miremos con compasión al errado con ignorancia invencible fruto de sus condicionamientos de origen y del apasionamiento.

La distinción amigo-enemigo, cuando suena la hora de la política, de la excepción, de echarse al monte, se imponen sobre las demás distinciones sociales. Un ejemplo, es este video de la actual Presidenta del Parlament.

Otro ejemplo. Han circulado vídeos de un recuento de votos el domingo en una parroquia de Tarragona: sacerdote de Jesucristo revestido, las papeletas sobre las gradas del presbiterio, los cantos de misa solemnizando el momento. El portavoz del gobierno de la Generalitat lo ha defendido en un tuit, diciendo que cosas parecidas se hacían en la Polonia comunista, cuando el héroe Wojtyla se enfrentaba al régimen tutelado por los soviéticos.

Es lógico: si uno considera que ese gesto de nacional-catolicismo está lejanamente justificado -dejemos a un lado las puntillosas leyes de la liturgia- solo puede ser porque ve a ese cura como a Wojtyla en tiempos de Jaruzelski. Y en ese escenario la Iglesia jerárquica debe dejar a un lado la libertad de los laicos, la autonomía de la esfera política. Las cosas del César son cosas de Dios cuando está en juego la libertad humana y de los pueblos. Las disecciones buenistas no son sino otra forma de complicidad con el enemigo existencial. Hoy el obispo de Tarragona tendrá que elegir bando. No le queda otra. El silencio ya es elegir. Y así sucesivamente, en todos los órdenes de la vida.

Es el precio de abrir la caja de Pandora de la política: el apocalipsis zombi de la pasión tribal, que se propaga compulsivamente cuando desenterramos el cadáver de la soberanía popular, liberándolo de su alambicado ataúd constitucional. Como en las películas de zombis, la única distinción relevante es la que queda entre supervivientes, y no-muertos.

El modo de volver a la civilidad y evitar el enfrentamiento civil (en este caso post-moderno y de baja intensidad) es el reconocimiento mutuo dentro de una ley vigente (las presunciones están a favor de la constitucional). Esto supondría no criminalizar al que la defiende (de modo global, pues también se puede infringir la ley en su defensa), y proteger los derechos políticos de todos y el pluralismo político, en el Parlament, en el puesto de trabajo, en la universidad, en la calle. Hoy eso ya no existe, de hecho.

De lo contrario nos iremos deslizando por la pendiente de las implicaciones lógicas de decir que el otro es un criminal, un opresor que ha perdido su dignidad.

PS: he citado implícitamente a Schmitt y su célebre “El concepto de lo político”, donde explica que no es lo mismo el enemigo público (hostis) que el enemigo privado (inimicus). Según esto, es posible “amar al enemigo”. Y de hecho así es, y hay ejemplos históricos de personas moralmente rectas, convencidas de su causa, pero enfrentadas políticamente entre sí, incluso militarmente. Pero a la antigua usanza, no al modo de la guerra de exterminio del siglo XX. Pues como el mismo Schmitt advierte, cuando se criminaliza al adversario, esa distinción entre enemigo personal y adversario político desaparece, y por tanto se hace necesario el no reconocimiento de su legitimidad política y en último término la supresión del enemigo: hostis e inimicus. Por otro lado, nuestro problema se agrave pues esa sutil distinción del Ius Publicum Europeum es sencillamente imposible en un contexto emotivista, donde todo se toma por lo personal…

One Comment

  1. eduardo brunet

    eso.. hostis al inimicus!

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