Totalitarismo soft

 

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Recientemente el director de un colegio comparaba la ideología de género con el terrorismo islamista. A veces algunas personas denuncian que cierta política o ideología son totalitarias, y para ilustrar su denuncia recurren a la comparación con el nazismo u otras formas históricas de totalitarismo. En el pasado se ha recurrido a fórmulas semejantes: el aborto comparado con un genocidio; el sistema educativo español como semejante al estalinista; y a otras parecidas como la famosa “dictadura del relativismo”.

Denuncias autorrefutadas

Semejantes declaraciones pueden considerarse de una lucidez profética y de una valentía martirial… pero la realidad es que son solo verdad en parte o en cierto sentido, y no logran nunca su objetivo de despertar las conciencias porque los hechos -tal como son percibidos por los destinatarios del mensaje- desmienten de modo patente lo que se denuncia.

Ejemplos no faltan. Si alguien compara la educación sexual en una escuela pública con el ISIS, la gente pensará en el contraste entre un transexual contando su sufrimiento a un aula llena de almas cándidas y una escena de degüello en serie de señores en mono naranja. Lo mismo si se compara el aborto -que sucede lejos de los focos- con el holocausto nazi y las escenas de toneladas de cuerpos enflaquecidos depositados en fosas comunes. E cosí vía. A quienes enarbolan estos argumentos les sucede que son fácilmente tildados de extremistas fuera de la realidad, a los que se presta tanta menos atención cuanto más histéricos se les percibe.

Creo que el equívoco viene provocado por la referencia al totalitarismo, y a sus formas históricas más conocidas, como el nazismo, el estalinismo o las formas contemporáneas de fundamentalismo islámico. Los que denuncian los nuevos totalitarismos ven con claridad lo que hay de común con las formas más espectacularmente violentas, ya sea en sus raíces filosóficas, o en la objetividad moral de lo que sucede. Pero la mayor parte de la gente piensa que el totalitarismo es un fenómeno inexplicable de violencia organizada, del que estamos a salvo mientras evitemos caer en ciertos modos de pensar y tengamos la nevera llena. Pocos son capaces de distinguir conceptos limítrofes como autoritarismo, dictadura, autocracia, etc.

Totalitarismo hard y totalitarismo soft

Para evitar este desencuentro, propongo hacer la distinción entre totalitarismo hard y totalitarismo sof. Pienso que es objetiva y además muy relevante para la comunicación.

Entre ambos fenómenos hay puntos comunes importantes, pero no son los más evidentes y visibles. Es preciso señalarlos, pero de un modo que no cortocircuite la comunicación, y que al contrario, facilite la comprensión del mensaje, y encienda la tan difícil actitud autocrítica de la que carece nuestra época.

Lo que tienen en común estas formas de totalitarismo es lo que supo denunciar Alexis de Tocqueville y otros clarividentes observadores de las filosofías del siglo XIX, particularmente del hegelianismo y del historicismo. Es decir: la presencia total de una ideología en la vida social mediante el recurso a los medios del Estado, a costa de la conciencia individual pero específicamente de la autonomía y vitalidad de las instituciones intermedias donde la persona se forma como tal.

Pienso que el totalitarismo hard y el totalitarismo soft se corresponden con dos formas de nihilismo emparentadas, y sin embargo diferentes. Son lo que Robert Spaemann describió como el “nihilismo heroico” de los nazis, y el “nihilismo banal” del botellón. Por eso también me gusta la fórmula “totalitarismo banal” para describir muchos de los problemas que nos aquejan.

Lo que hace que el totalitarismo sea calificado de hard es el recurso a la violencia directa por parte del Estado en forma de coacción física. En el caso del soft no es que no haya coacción o manipulación. La hay y a veces a unos niveles impensables hace cincuenta años, por la unanimidad del pensamiento-masa, y por la virtualidad de los medios técnicos. Pero se trata de una violencia solapada, sutil, que solo se manifiesta una vez ha cauterizado la sensibilidad social. El totalitarismo soft solo da batallas que puede ganar, después de haber narcotizado las conciencias en un juego muy simple de exposición progresiva al estímulo y de presión colectiva sobre quien disiente. Un paseo por los hallazgos de la psicología social explican por qué incluso en “sociedades avanzadas” pueden darse formas muy básicas de tribalismo.

Por supuesto, conviene advertir de que el totalitarismo soft es compatible con el respeto a algunas formalidades democráticas -singularmente con el principio de mayorías-, aunque impone una mentalidad que instrumentaliza las instituciones al servicio de un proyecto ideológico al que se otorga categoría de bien moral supremo. La dictadura (soft) de las mayorías es un rasgo del totalitarismo democrático. Pero a veces también se manifiesta como dictadura de las minorías.

Una lucha inteligente

Insisto: el totalitarismo soft no es menos totalitario que el hard, es simplemente menos sangriento. Pero hay razones de muchos tipos por las cuales es improbable que derive en formas históricas de totalitarismo hard (aunque estamos más cerca de recaer en la violencia de lo que nos gustaría aceptar). Al denunciar los peligros del totalitarismo ideológico no hay que recurrir a prevenir frente a la pendiente resbaladiza que desemboca en la violencia: el totalitarismo es malo aunque no derive en campos de concentración, checas o centros de readiestramiento.

Ante la creciente presión del nihilismo banal, de poco o nada sirven las denuncias si no vienen acompañadas de un toque de ironía, que sea capaz de alertar a los propios, sin ahuyentar a los ajenos. Es preciso decir las cosas de modo que quien comulga sin saberlo con el totalitarismo soft pueda tener la oportunidad de despertarse y reconsiderar su posición, al verse parte de un complot ideológico en absoluto respetuoso con la libertad de los demás, que dice defender.

Y en esto sí es útil aprender de las estrategias y tácticas de quienes han resistido a las formas de opresión ideológica de los totalitarismos del siglo XX. Pienso por ejemplo en el Cardenal Wojtyla: considerado en su tiempo como un moderado en su relación con el régimen marxista polaco… fue quien contribuyó decisivamente a movilizar la sociedad polaca y derribar el Muro. Nunca le faltó la lucidez para diagnosticar su entorno político y cultural, y tampoco la astucia y el acierto para encontrar los modos más adecuados de socavar el totalitarismo de su tiempo, sustrayendo a muchas personas del anonimato y del miedo al que pretendían reducirles las autoridades comunistas.

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