Sigamos en la Edad Media. Un ensayo de teología política.

Cada vez que el ISIS publica un vídeo con decapitaciones, Donald Trump se estremece, lamentando que “no veíamos cosas así desde la Edad Media”. Pero, ¿es esa violencia algo específicamente medieval? ¿Cómo es posible que no logremos superar la Edad Media, que echada por la puerta grande nos entra por la ventana del terrorismo?

La violencia moderna del Califato

Resulta sospechoso que alguien se remonte a la Edad Media como paradigma de violencia desatada, habiendo vivido en el siglo XX (por si acaso recuerdo: el siglo de Auschwitz, del gulag, de Pol-Pot, del napalm…). Quizá Trump solo recuerda una de las estrofas del poema de Miguel D’Ors “Lecciones de Historia” (esa que dice: “La segunda mitad del siglo XX / fue una escena de cama / de dimensiones cósmicas.”

En fin, que decapitaciones-espectáculo fue precisamente la especialidad de la Revolución de la libertad, la igualdad y la fraternidad, al tiempo que ponía Año Cero en los calendarios.

En otro momento me gustaría abordar el argumento concreto sobre la violencia del ISIS, para demostrar que no es medieval, sino específicamente moderna. No solo porque usen medios de comunicación contemporáneos para difundir el terror, sino en su estructura interna. A la vista de lo que sabemos sobre el relato del Califato, el ISIS y su violencia son una modalidad más de “inmanentización del escatón”. Tecnicismo de Voegelin que significa: traer el cielo a la tierra por medios políticos, o dicho de otro modo: contribuir activamente a adelantar la Segunda Venida.

Para comprender la “escatología” subyacente al proyecto del Califato, me remito a este artículo de The Atlantic de hace un par de años, que marcó la conversación, donde se explica que de acuerdo con cierta escatología islámica la instauración del Califato y su lucha contra el anticristo es el preludio inmediato a la Segunda Venida del Mesías.

Teología de la historia

Pero aquí quiero presentar una proposición de carácter más general: seguimos en la Edad Media, gracias a Dios, a pesar de los empeños de algunos por inaugurar una nueva era. Para completar el argumento intentaré explicar qué entiendo por la “Edad Media”, de qué modos se ha intentado acabar con ella, y qué peligros corremos en el futuro.

Pero antes, una aclaración metodológica: Todo comportamiento humano, individual o social, presupone una teoría moral, explícita o implícita. Y esta moral incluye una filosofía política (que se cuestiona sobre el modo en que las personas convivimos y actuamos conjuntamente a ser posible como tales personas).

Pero no es posible una verdadera filosofía política sin una filosofía de la historia (ciencia que se pregunta por el sentido de la libertad humana en los vastos escenarios de la historia, donde el individuo convive con sujetos colectivos formados precisamente por interpretaciones de la historia y del destino).

A su vez, una filosofía de la historia, si realmente quiere abordar la cuestión del sentido, necesariamente se convierte en teología de la historia: debe lidiar con la cuestión del origen y del fin, de la trascendencia. Y esto aunque sea del modo más escueto, para negar precisamente que haya ningún sentido en el origen o en el final.

Considero por tanto que la teología de la historia (la escatología) es el contenido fundamental de la teología política; mucho más que otros aspectos relacionados con este campo vidrioso del saber (como por ejemplo, las diversas correspondencias entre conceptos teológicos y conceptos políticos: como la clásica asociación entre monoteísmo y monarquía, etc.).

La primera señal de que la teología política es fundamentalmente teología de la historia, y de que es inevitable, es la institución social -imprescindible- del calendario. Vivimos después de Cristo. Podemos decir que nuestro espacio público debe ser neutral, pero nuestro tiempo público sigue siendo el cristiano.

¿Qué es la Edad Media?

La Edad Media o medioevo fue identificada por los historiadores ilustrados (Cristoph Keller parece ser el principal) como el tiempo entre el hundimiento de la civilización clásica y el renacimiento clásico humanista. De un lado la caída de Roma, el cierre de la Academia platónica, la creación benedictina del monasterio de Montecassino. De otro la caída de Constantinopla, la invención de la imprenta; el descubrimiento de América; la Reforma protestante. La literatura que discute las señas de identidad de esta época, caracterizada por el papel público y civilizador del Cristianismo, ha oscilado entre la leyenda negra y la exaltación de la Cristiandad. En cualquier caso, la denominación medievo nos habla de un paréntesis o época inferior o subordinada al clasicismo greco-romano y renacentista.

Propongo otro modo de entender la Edad Media, que aunque no es el habitual entre los historiadores, tiene un fundamento histórico claro. La Edad Media es el eón o época que media entre la Primera y la Segunda Venida del Mesías. Su año cero es el nacimiento de Jesús en Belén. Su duración “solo la sabe el Padre”.

Es sintomático que al comienzo de la Edad Media historiográfica -en torno al año 500- es cuando la Iglesia determina el nacimiento de Cristo como año cero del nuevo calendario cristiano, que sustituía al calendario juliano de los romanos, y que hoy es adoptado de modo prácticamente universal. La era cristiana no se fija de acuerdo con eventos políticos (el edicto de Milán, el bautismo del rey franco, la creación de Montecasino) sino de acuerdo al acontecimiento fundamental de la historia, el verdadero punto de inflexión, el antes y el después de la venida del primero y el último.

Evidentemente esta es una categorización teológica, escatológica. Los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de los Apóstoles y el Apocalipsis son los libros que trazan el perfil de este tiempo de espera, o mejor dicho: de esperanza. Es el tiempo, como suele decirse, del “ya pero todavía no”, del Reino incoado pero no consumado. Este tiempo que media es el Tiempo de la Iglesia y su estructura temporal de signos sensibles sacramentales e institucionales, y de su misión de hacer presente el Reino. Es el tiempo de la Cruz y de la lucha. El tiempo de la misión hacia los extremos de la tierra.

¿Cómo detener al Anti-cristo?

Todo esto es muy significativo desde el punto de vista político, no solo espiritual. Significa que la Jerusalén celestial descenderá al fin de los tiempos. El Reino no es una Torre de Babel que construimos, siguiendo un proyecto humano, con la fuerza de nuestros brazos.

Carl Schmitt señaló el papel del imperio cristiano como kat-echón, la “fuerza que detiene la venida del Anti-cristo”, en una peculiar interpretación de la carta a los Tesalonicenses. A la Edad Media le corresponde por tanto siempre un kat-echón, una fuerza histórica concreta que detiene la segunda venida, que debe poder ser identificado en cada momento.

Sin embargo, todo intento de establecer una relación causal entre la acción histórico-política humana y la venida de Reino es imposible dentro del Cristianismo. Las condiciones previas a la Segunda Venida, que espigamos en los textos del Nuevo Testamento, resultan paradójicas. No es fácil saber si el Juicio Final llegará cuando se haya expandido la fe por todo el mundo, o en un momento de apostasía universal. Al detener la venida del Anti-cristo, la fuerza histórica del kat-echón estaría retrasando la segunda venida, que es lo mismo que decir que estaría impidiendo la implantación del Reino.

No sabemos ni el día ni la hora. Lo que corresponde en este eón es velar, hacer crecer el Reino como la pequeña semilla. Para eso es necesario un orden de paz y seguridad que es misión del orden político. Y qué mejor que un orden político justo, que facilite la virtud y reprima el vicio, que reconozca la soberanía de Dios. Pero incluso cuando este falta y vienen las persecuciones, paradójicamente es cuando crece el árbol de la fe por todo el mundo. Mientras que cuando la influencia política de la Iglesia crece, se agrietan las columnas del Reino. Más paradojas.

Al final de su obra sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI recupera el tema del adviento medio, que reenmarca el tema de la venida del Mesías de un modo no apocalíptico:

“¿Podemos orar por la venida de Jesús? ¿Podemos decir con sinceridad: «¡Marana tha!: ¡Ven, Señor Jesús!»? Sí, podemos y debemos. Pedimos anticipaciones de su presencia renovadora del mundo. En momentos de tribulación personal le imploramos: Ven, Señor Jesús, y acoge mi vida en la presencia de tu poder bondadoso. Le rogamos que se haga cercano a los que amamos o por los que estamos preocupados. Pidámosle que se haga presente con eficacia en su Iglesia.

Y ¿por qué no le pedimos también que nos dé hoy nuevos testigos de su presencia, en los que Él mismo se acerque a nosotros? Y esta oración, que no apunta directamente al fin del mundo, pero que es una verdadera súplica de su venida, conlleva toda la amplitud de aquella oración que Él mismo nos ha enseñado: «Venga a nosotros tu reino», ¡Ven, Señor Jesús!”

Venga tu Reino

Por el contrario, en la escatología islámica mencionada arriba, sí se sabe que la instauración del Califato y su lucha contra el anti-cristo es paso necesario inmediatamente anterior a la intervención del Mesías.

Voegelin reconoció que el Cristianismo y su visión de la historia eran la fuente de la libertad y de la razón políticas: de la trascendencia de la persona respecto de la comunidad política. Por tanto también el fundamento último de la limitación del poder del Estado y de los derechos individuales, se apoya en la teología de la historia propia del Cristianismo: que estamos en la Edad Media. Pero también hizo ver que la idea del escatón, del Reino perfecto, es la causa de un tipo específicamente cristiano o post-cristiano (gnóstico) de totalitarismo.

La idea del Reino -si viene inmanentizada, convertida en tarea histórica- abre la puerta al radicalismo más salvaje, al infierno en la tierra para traer definitivamente el Cielo. Esto ha tenido diversas manifestaciones. La política de los santos puritana, que ha detallado Walzer; las Revoluciones, empezando por la francesa; las ideologías totalitarias.

In hoc signo vinces

En la batalla del puente Milvio, que abrió las puertas de Roma a Constantino y eventualmente abrió el imperio al cristianismo, la cruz fue el signo que se dio para garantizar la victoria. Más adelante las cruzadas hicieron de la cruz bandera de (re)conquista. La Cruz corona nuestras cimas y edificios, y campea en muchas de nuestras banderas locales y nacionales del occidente cristiano.

La cruz como símbolo de victoria es una paradoja patente. La gran derrota del Rey de los Judíos que cayó en manos de una turbamulta agitada por sacerdotes locales.

Ciertamente la Cruz es el símbolo de la Edad Media, pero no en el sentido imperialista que pretende crear un orden cristiano bajo esa enseña. La Cruz es exactamente la denuncia impotente de la injusticia frente al inocente, frente al siervo sufriente de Dios.

Más aún, la Cruz es en realidad el origen de la gran trasformación de toda forma de sufrimiento propia de la historia humana en algo de valor eterno y trascendente: el amor redentor.

También aquí muchos textos de Benedicto XVI podrían acudir en nuestra ayuda.

“El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor […]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.  (Homilía de inicio de Pontificado)

Solo en la Cruz aprendemos el origen de la verdadera transformación del sufrimiento en amor. El origen de las sucesivas transformaciones en cadena como explicó en la JMJ de Colonia:

“Lo que desde el exterior es violencia brutal ―la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin  es  la  transformación  del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo:  la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida”.

Como decía, la Edad Media es el tiempo de la Cruz. Ante los retos de la historia, el poder del mal y la persecución, la verdadera respuesta es la Cruz de Cristo: el perdón, el amor capaz de cambiar los corazones. Lo demás -garantizar la paz y la seguridad, la justicia del orden político- es secundario. Solo puede subsistir si es enraizado precisamente en ese corazón nuevo, que permite que la razón no se estreche por los intereses, las dificultades y la violencia.

Acabar con la Edad Media

Es evidente que vivir en la Edad Media es muy incómodo. Nada tiene que ver con las condiciones de salubridad del año mil, sino con esta tensión irresoluta, la imperfección de lo humano.

Es normal que surja la tentación de acabar con la Edad Media de una vez por todas, para inaugurar una nueva era en nuestra historia.

La primera negación de la Edad Media proviene del paganismo. En su día Juliano el Apóstata. Y siglos después, la reivindicación nietzscheana del eterno retorno frente a la idea lineal de la historia. Esta visión pide no volver a la época clásica nacida de los diálogos socráticos, sino a la pulsión dionisíaca y heroica.

La segunda negación de la Edad Media proviene de dentro de la propia Iglesia. Su primera versión es la visión de que el apocalipsis es inminente y que no vale la pena trabajar y perseverar en el mundo medieval. La segunda versión es la de quienes confunden el Reino que sufre violencia en este tiempo, con la instauración del Imperio, es decir: la manipulación del cristianismo para surrogarse en el lugar de las religiones políticas romanas. San Agustín en su Ciudad de Dios salió al paso de las tres alternativas anteriores.

Pero dentro de la propia Iglesia todavía estaba por surgir otra forma de acabar con la Edad Media, que suele identificarse con el milenarismo de Joaquín de Fiore, y la predicción de que viene la era del Espíritu Santo, que sucede a la era del Padre (el Antiguo Testamento) y la del Hijo (que dio lugar a la Iglesia). Esta versión opone el Reino a la Iglesia, o la iglesia carismática o del Espíritu, a la Iglesia jerárquica y sacramental: la medieval.

Pero también han surgido y persisten empeños de revolucionar la Iglesia para desprenderse del medievo y recuperar la frescura original del Reino de Cristo, corrompida por el peso de la historia, el derecho canónico y la mala vida del clero.

La revolución es siempre “ridurri ai principii” (Maquiavelo): volver a los orígenes o crear unos nuevos orígenes. Por eso también es una forma de pensamiento revolucionario el reaccionario. Ser reaccionario es pensar que hay o ha habido una época o lugar cuya síntesis cultural-política encarnaba de modo perfecto -o casi- el Reino. Esto genera una nostalgia que anhela volver a esa época, con efectos muy parecidos a los de la Utopía del futuro. El paraíso perdido y el cielo en la tierra se parecen mucho. Pero solo ha habido una época dorada del cristianismo: Jesús, que sigue vivo. Y solo hay una consumación de su historia: la recapitulación de todas las cosas en Cristo.

El reaccionario confunde elementos históricos contingentes y una cierta estética con el ideal cristiano. Es verdad: el pasado tiene un papel, pues sin él no hay tradición. Pero Jesús no se ha quedado detrás. Es el primero y el último.

El tiempo de la Iglesia, semper reformanda

La Edad Media es el tiempo de la Iglesia, que siempre necesita renovación y reforma en sus miembros y en sus instituciones. Pero como han recordado santos y papas, esta renovación no será nunca fruto de una reforma estructural, sino de la vuelta a los orígenes en forma de santidad de vida y de vibración misionera.

Cada época tiene sus santos, sus fundadores, sus místicos, que como leíamos en la cita anterior de Benedicto, son una forma de presencia, de anticipación de la Venida de Cristo. Pero esta visión se opone a la de todas las Reformas. Ahora se recuerda el 500 aniversario de la Reforma Protestante. Pero no ha sido el único intento de recuperar el contacto con el origen a costa de la continuidad histórica con la Iglesia de Roma.

La Edad Media es tiempo de reformas, no de revoluciones.

Precisamente las revoluciones modernas no son sino versiones secularizadas de la Reforma protestante. Han creado la narrativa del progreso, que coincide con la idea cristiana en la linealidad de la historia, pero ignoran por completo el protagonismo de la Providencia, y sobrevaloran las posibilidades de la razón y las fuerzas humanas para levantar la Jerusalén definitiva.

Las ideologías revolucionarias son necesariamente post-cristianas, versiones gnósticas en clave de religión política.

En el siglo XX, la pulsión revolucionaria ha intentado reformular la misión de la Iglesia en clave teológico-política (la teología de la liberación en alguna de sus manifestaciones iba en este sentido)-. Convertir el cristianismo en un proyecto político para traer el cielo a la tierra a base de brazos y de razonamientos es otra forma de acabar con la Edad Media, el tiempo de la Iglesia, de los sacramentos, de la cruz, de la paciencia.

Yo antes pensaba que la lucha por los símbolos religiosos en el espacio público era secundaria. Pero reflexionando sobre el fundamento de cualquier orden político en una teología de la historia, he llegado a la conclusión de que la presencia de cruces en nuestro espacio público -si es correctamente entendida- es la única garantía frente al totalitarismo, no solo en sentido pasivo -de evitar un laicismo absolutista que persiga la religión. Sino sobre todo en sentido activo: como la vacuna que cura al cristianismo de su tentación política.

Nuevamente quedamos ante una paradoja: para evitar la divinización del Estado, la política totalitaria de cualquier género, es preciso poner la cruz, seguir en el calendario de la Edad Media. Y a la vez, la presencia salvadora de la Cruz es necesaria evitar la politización de la Iglesia, el falso triunfalismo mundano.

El mito del hombre nuevo

Dalmacio Negro, un historiador de las ideas erudito y sin complejos, ha propuesto una clave de lectura para todo este proceso: el mito del hombre nuevo. La idea moderna de que se puede reformar la naturaleza humana mediante un proyecto científico-político.

Las revoluciones tienen siempre esta aspiración última, de alumbrar una nueva era para una nueva humanidad.

En nuestro tiempo vuelve a reformularse este mito auspiciado por la promesa de una revolución tecnológica verdaderamente disruptiva: el transhumanismo.

Como se ve leyendo los libros de Yuval Harari (Homo Sapiens, y Homo Deus), esta filosofía es una nueva filosofía de la historia. Y es ahí donde el enfrentamiento con la visión cristiana del hombre es más radical, no en polémicas respecto a los límites éticos de la investigación científica.

Esto nos cuesta verlo. Pensamos que lo más radical de nuestro modo de ver el mundo y de nuestra tecnología política es la dignidad humana y los derechos fundamentales y la democracia. Pero las normas morales que protegen la dignidad humana, y las instituciones que las garantizan son en realidad consecuencia y no causa de una teología de la historia, como sugería en el epígrafe sobre la teología política. Dependen mucho más de lo que parece de que haya cruces en nuestras paredes.

Al margen de los excesos retóricos de ciencia ficción, los debates que plantea el transhumanismo son fascinantes porque exigen una verdadera radicalidad en los planteamientos.

Por mi parte estoy convencido de que nos conviene seguir en la Edad Media, aunque algunos quieran acabar con ella cuanto antes. Solo en la Edad Media la vida humana tiene sentido. Quien quiera salir de la Edad Media no inaugurará una era de progreso sin fin. Como supo ver Nietzsche, se arrojará en realidad al eterno retorno, y probablemente a formas de violencia y de relaciones humanas que nada tendrían que ver con la Edad Media, como hemos visto en el siglo XX.

Al superhombre hay que repetirle la pregunta de Iván Karamazov:

“Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente.”

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