¿Seremos de nuevo un Imperio?

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Esta semana he vuelto a comprobar que la canción de los Nikis “El Imperio contraataca” es un habitual -quizá vergonzante y reservado para la fase de “cantos regionales”- en los iphones de la derecha “nostálgica”. Y no me refiero necesariamente a esos cuarentones que empatizan con “Stranger Things“, sino a millenials de veintipocos años. Es significativa la atracción que ejerce la retórica y la estética del imperio -aun en sus versiones más ridículas- aunque la gente sea “demócrata de toda la vida”. Y no se trata necesariamente de formas arcaicas de nacionalismo español, ni de mero fanatismo religioso. Al menos eso es parte de lo que quiero exponer en este post: 1) que la idea de Imperio -o de un orden político cristiano transnacional- no está unida a esos dos excesos necesariamente; 2) que a pesar del aparente triunfo del lenguaje propio del orden político liberal, en los próximos años veremos resurgir el “tema” del imperio; y 3) que para ser capaces de abordar ese tema, debemos abandonar nuestros prejuicios “democráticos”, aunque sin prescindir de los aprendizajes de nuestra experiencia política liberal.

Un yankee en la corte del rey Felipe II

Mi última visita a El Escorial fue hace un año y medio, acompañado de un amigo abogado norteamericano, a quien llevé después a ver la exposición sobre Santa Teresa de Jesús en Ávila, en un plan de inmersión en el alma castellana (“santos y cantos”). Sabía que mi acompañante disfrutaría con El Escorial. El momento cumbre fue cuando recitó de memoria el poema de Chesterton “Lepanto“, junto a la tumba de Don Juan de Austria (“Don John of Austria is going to the war!“). (Nota: aquí una traducción del poema de pluma de Jorge Luis Borges).

Mi amigo -educado en un elitista college de liberal arts coronado con frases de los founding fathers y graduado en derecho por Harvard- entendió perfectamente lo que a mi juicio encarna El Escorial: un principio de orden social, jurídico, político y cósmico-religioso, completamente alternativo al republicano-liberal. En El Escorial este principio se hace visible, esculpido en piedra, de modo que quien lo visita no puede sino admirar la austera grandeza de un proyecto de orden mundial, aunque apenas duró hasta 1648. Pero a la vez, no podemos evitar una sonrisa escéptica aunque amistosa -o por el contrario, un verdadero escándalo- ante los elementos inaceptables o simplemente caducados de ese “principio de orden”.

Es una sensación comparable a la que uno tiene al pasear por los monumentales “memorials” del National Mall de Washington o por los pasillos del Capitolio. Porque también el orden republicano se apoya en sus propios mitos y una visión de orden cósmico (que, por cierto, están tan gastados como los nuestros). Pero… no sé… cuando uno ve a George Washington divinizado en la apoteosis de la cúpula del Congreso no puede evitar el escepticismo o el escándalo.

(En cualquier caso, no me resisto a recordar el contraste de ambas experiencias de orden y de trascendencia -grandiosas o ridículas, pero sinceras- con esa especie de onanismo autorreferencial de la France Eternelle, que uno descubre en los palacios borbónicos alrededor de París).

El orden político cristiano

He querido empezar con estas experiencias estéticas -de baja y alta cultura-, como preámbulo para aclarar qué entiendo por Imperio, y cómo se relaciona con el nacionalismo y el integrismo religioso.

La primera idea es que por imperio me refiero al “sacro imperio”: es decir a un orden político cristiano que trasciende fronteras nacionales e integra diversas unidades políticas. Esto puede llamarse “sacrum imperium” o “res publica christiana“. El imperio obtiene su legitimidad no de la superioridad de una raza o ideología, sino de la necesidad de que la potestad civil garantice la paz y la libertad de los cristianos. El peso del imperio puede caer sobre las espaldas de una u otra nación o dinastía, pero eso es accidental. El imperio fue durante siglos “germánico”, después “Habsburgo”, pero también hay versiones rusas (Moscú como la “tercera Roma”), etc.

Por otro lado, y esto es clave, la misión del imperio no es la expansión de la fe por por la espada, sino la defensa de la fe -aquí sí: por la espada- frente a los enemigos, y en general la salvaguardia de la paz interna necesaria para el crecimiento del reino de Dios.

Evidentemente estoy hablando en términos muy generales, y se pueden encontrar excepciones e imperfecciones en la puesta en marcha de esta idea y sobre todo ideas contrapuestas sobre la relación entre poder religioso y político, y las relaciones entre imperio y los diversos reinos y unidades políticas. Lo importante es entender que durante siglos el mundo cristiano ha visto el orden político cristiano como un elemento necesario, incluso sacramental -como lo eran las unciones de los reyes y emperadores- del orden cristiano de la sociedad. Y que la monarquía absoluta del Ancien Regime y su derecho divino de los reyes no es sino una deformación de esta idea medieval (los franceses antes mencionados, siento insistir…). Como también lo son los tradicionalismos legitimistas contrarrevolucionarios.

En una palabra, según Carl Schmitt, el imperio se justifica como la necesidad de un kat-echon: “el que detiene al anticristo” según San Pablo en 2 Tesalonicenses. O en interpretación del jurista alemán: la fuerza histórica que evita la venida del caos que desemboca en el fin del mundo. Según Schmitt en cada momento de la historia debemos ser capaces de identificar cuál es esa fuerza -personal o institucional- que permite crear un espacio de libertad para la Iglesia. Y quien ofrece protección frente a la violencia reclama y obtiene obediencia.

Perplejidades liberales

Ante las ideas aquí bosquejadas, una mente liberal no puede sino sentir un rechazo visceral, valga la contradicción. Además de advertir el peligro de justificar un ejercicio descontrolado del poder, parece imposible conservar la secularidad del poder político, e incluso la propia autonomía de la iglesia en ese contexto. (Por no mencionar la afinidad entre estos argumentos y el lenguaje de los fascismos o del Tercer Reich (esto es: Imperio).

Pero estos argumentos ya no son solo liberales. El pensamiento cristiano ha evolucionado hasta admitir como de sentido común muchos de esos principios. La Iglesia ha reconocido (y reinterpretado) los derechos humanos, los principios de la democracia liberal como régimen político y muy en concreto el derecho a la libertad religiosa. El confesionalismo católico, aunque no excluido por principio, ya no es la posición de la Iglesia. Aunque sí ha habido intentos vaticanos por lograr una definición de las raíces cristianas de la Unión Europea (a la vez que persiste una sorprendente confianza en las organizaciones internacionales).

Sin embargo, los principios básicos de igualdad y libertad que rigen en el orden político liberal, chocan con elementos clave del orden social tradicional, como la familia, la escuela, la iglesia, al menos en su versión cristiana (como sigue presente en parte de la tradición católica y de las iglesias ortodoxas). Si se aplican a la sociedad de modo constructivista, el resultado es incompatible con el orden social cristiano, pues implica redefinir -si es que no suprimir- la familia, la educación, la religión. La persona humana en definitiva.

A la vez, por otro lado, el planteamiento liberal en su versión simplista, lleva a la incomprensión de muchos movimientos sociales y políticos contemporáneos. Es lo que pasa cuando se esgrime una teoría política binaria, según la cual no hay término medio entre la democracia liberal y la tiranía inaceptable. Las ambigüedades del mundo real -agudizadas después del derribo de dictaduras del medio oriente y de la “primavera árabe”- me llevan a concluir que necesitamos una teoría política no binaria, capaz de orientarnos en un mundo ambiguo, y que permita reconocer otros principios de orden y legitimidad que no sean puramente racional-occidentales.

El imperio contraataca

El mundo liberal se está mostrando incapaz de ofrecer un principio de orden -suficientemente legítimo y eficaz para mantener un mínimo de paz, libertad y justicia- en amplios espacios del globo, hasta hace poco considerados como escenarios naturales de la intervención occidental. Pero además, cada vez de modo más patente, no tiene una respuesta al problema de la integración de las minorías no occidentales -particularmente islámicas-, en un contexto de invierno demográfico, creciente violencia terrorista, y de incertidumbre económica generalizada.

De modo específico, los cristianos ven cómo algunas de esas amenazas se ceban con ellos -como sucede en el Medio Oriente de donde han sido expulsados cientos de miles en los últimos años-. Pero además, crece dentro de nuestras sociedades la amenaza de una afirmación intolerante de principios morales liberales impuestos desde el Estado, especialmente en la educación, pero que afectan también a ámbitos donde hay una gran presencia de los cristianos -como el médico y asistencial. Como se ha escrito, la cultura política liberal está girando rápidamente de ser una cultura de la tolerancia a ser una cultural del compliance.

Algunos identifican con mucha claridad estas dos “bestias apocalípticas” (que implícitamente reclaman un katechon: alguien que las detenga) como el islamismo radical y la ideología de género. Este lenguaje rotundo lo encontramos en la actualidad en dos ámbitos: ciertas personalidades eclesiásticas (ciertamente no el Papa Francisco, aunque dice cosas no muy distintas al menos sobre la colonización ideológica) y la retórica cristiana del régimen ruso de Putin. Las ambigüedades y peligros de ese discurso saltan a la vista. Y sin embargo, si se confirman esos peligros: ¿quién los detendrá?

Está claro que no se trata de un problema que quepa resolver por parte de Estados independientes, ni tampoco con el instrumental conceptual del liberalismo, ni por supuesto mediante fórmulas de “populismo cristiano”. Y tampoco tiene que resolverse de una vez para siempre con una fórmula de imperio “éternelle”.

¿Seremos de nuevo un imperio?

El estribillo de los Nikis repite que “seremos de nuevo un imperio”. Pero siento anunciar a los nostálgicos que no, que España no volverá a ser el corazón de un orden político cristiano global, ni volveremos -creo- a vestir cuellos blancos como los de Felipe II.

Pero a los escépticos, me veo en la obligación de alertarles: puede que en el arco de nuestras vidas veamos el resurgir de un modo de pensar sobre la política, y en concreto desde la perspectiva cristiana, que considerábamos obsoleto. Nuevas magnitudes históricas y políticas pueden tomar forma de modo inconcebible para quien creía llegado el fin de la historia. Por una sencilla razón: porque quien ofrece protección es el único capaz de exigir obediencia. Pues no es otra la misión principal del orden político.

Si hubiera perspectivas de un orden liberal verdaderamente abierto y pluralista que garantizara la libertas ecclesiae y la paz de los cristianos entre sí y su seguridad frente a los enemigos de fuera, la idea de imperio no tendría ninguna tracción histórica salvo como pura reivindicación nostálgica, nacionalista o integrista. Pero lo que quizá se veía como un escenario natural en tiempos del Concilio Vaticano II, hoy parece disolverse en medio de la angustia económica y ecológica, el ascenso de los populismos, la amenaza del islamismo yihadista, la fragmentación de las sociedades, la conflictividad de las comunidades inmigrantes y en no menor medida la creciente presión de las ideologías radicalmente libertarias.

Empieza a hacerse patente que un orden político liberal sufre desgaste en una sociedad libertaria, aunque parezca paradójico. Como diría Ratzinger, pensar las instituciones comunes “como si Dios no existiera” con intención de ser inclusivos, lleva a socavar sus fundamentos comunes, y el orden de las libertades recae en la violencia. En cambio, resulta mucho mejor para todos concebir la vida en común “como si Dios existiera” -sin imponer la fe, sin menoscabar la autonomía mutua de las instituciones eclesiásticas y políticas-, reconociendo los límites compartidos a nuestra libertad. Y eso lleva de modo inmediato a aceptar en buena medida la identidad y estructura de las sociedades tradicionales. Pero no aclara cómo se recuperan una vez perdidas.

En otras palabras: es deseable y quizá posible un orden político liberal dentro de un orden social cristiano, aunque eso trae no pocas tensiones. Pero no es posible un orden social cristiano -y en último término ni siquiera un mínimo de libertad religiosa- dentro sin más de un orden social meramente libertario impuesto desde el Estado.

“Vivat Hispania!

Domino Gloria!

Don John of Austria

Has set his people free!”

Lepanto, G.K. Chesterton

2 Comments

  1. Maria del Pilar Mallol

    La vida es cuestión de vivirla con Amor ,valores y fe
    Así me ha deseado los buenos días una gran amiga mía ,esposa de la persona que citaré más adelante
    Exquisito post Ricardo , Felicidades
    Yo os quisiera aportar una experiencia vivida
    Corrían los años 2005 ,6 y tuve la suerte de poder asistir a un congreso, en que todos los ponentes eran jueces y juristas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Strasbourg
    La apertura del Congreso,corrio a cargo de uno de los jueces ,gran amigo mío ,y empezó :
    “Vendrán y ya estamos en ellos ,tiempos muy duros , el porqué : Europa ha olvidado sus raíces Cristianas”
    Pensé que era una frase ,al azar, pero saliendo de su boca ,lo dude
    Me hizo meditar mucho
    Ahora ,con el y su esposa ,todavía nos acordamos del momento
    El mundo se está desmembrado, no hay imperios
    No hay respecto
    Cuanta razón tenía y sigue teniendo en sus artículos actuales y en las tertulias en las que es invitado
    No será que los ciudadanos tenemos que ser MAS EXIGENTENTES ,con quien dirige el IMPERIO
    TERCERAS ELECCIONES ????
    NUEVO IMPERIO????

  2. Maria del Pilar Mallol

    Por cierto Ricardo, te acuerdas de mí primer post???????????
    Tenemos fecha de investidura gracias a …….

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