¿Quién ha cometido el atentado? ¿Contra quién?

¿Ha sido el Islam? ¿El islam radical? ¿El capitalismo? ¿El ISIS? ¿Una célula islamista autónoma? ¿Una panda de chalados? ¿Este o aquel nombres concretos? ¿Eran magrebíes, marroquíes, ciudadanos españoles, refugiados o asentados, pobres, urbanitas, con estudios, marginados, drogadictos, abusadores? ¿Y han atacado Barcelona, Cataluña, España, Europa, el mundo occidental, a los turistas, a los infieles?

Estas son solo algunas posibles respuestas. No son preguntas teóricas o de matiz. Es necesario responderlas de modo razonable para dar noticia de los hechos, y sobre todo para reaccionar ante los mismos, sea para mandar un pésame o para evitar futuros atentados. Más aún: para que sea posible una reacción coordinada por parte de grupos de personas e instituciones diversas, es preciso responderlas de modo razonablemente uniforme.

Estas preguntas tan básicas no admiten una respuesta meramente descriptiva, neutral. Toda selección de hechos relevantes y de sus relaciones internas implica una interpretación. Y por supuesto, varias de esas respuestas pueden ser verdaderas, a niveles diferentes.

Ellos sí tienen respuestas

Lo que está claro es que ellos -quienquiera que fuera quien haya cometido el atentado- sí tenían una respuesta a esas preguntas, que les permitía actuar. De lo contrario, hubieran sido incapaces de llevar a cabo estos ataques más o menos coordinados -aunque defectuosamente, según parece sugerir lo que ya sabemos.

Esos juicios sobre quiénes somos nosotros y quiénes son ellos fueron al menos suficientes para fundar la acción coordinada (que incluía su muerte segura), aunque no está garantizado que sean verdaderos, ni que vayan a obtenerles la victoria a largo plazo a ellos. Porque ellos existen como tales porque comparten una visión de qué significa victoria a largo plazo.

La fragmentación de nuestras respuestas

Lo peligroso de estos ataques terroristas no es su magnitud, muy limitada desde el punto de vista “militar”. Ni siquiera es el efecto de terror más o menos pasajero que pueda producir en nuestra población. El problema es la fragmentación que provoca en nuestra respuesta, que agudiza nuestras contradicciones. Lo que de ordinario une a un grupo humano -la amenaza de un enemigo- puede sin embargo agrietar nuestras sociedades y nuestras naciones, hasta hacerlas irreconocibles.

Este peligro es grave, porque nuestras respuestas asimétricas a esas dos preguntas no se derivan de desacuerdos sobre los hechos, ni de perspectivas limitadas, que puedan resolverse con una reunión de coordinación al máximo nivel (aunque esto ayuda). Se derivan de visiones del mundo, de lenguajes y de relatos que hace tiempo que no tienen mucho en común, salvo apelar a la misma población para lograr apoyos electorales.

Allons enfants de la Patrie

Cuando París fue golpeado por un ataque del ISIS, sus dirigentes hicieron un diagnóstico muy unitario: habían atacado Francia (y por eso cantaron La Marsellesa en la Asamblea Nacional), y había sido el ISIS (y por eso procedieron a bombardear posiciones del califato). Pero: ¿acertaron en el diagnóstico y en el tratamiento? Podemos y otras organizaciones políticas hicieron lecturas muy diferentes.

Evidentemente la lectura oficial francesa no agotaba la verdad. Pero había que evitar que Le Pen se hiciera con la iniciativa política con un relato más convincente en su descripción de quiénes somos y quiénes son ellos, y cómo se evitan los males futuros. Aunque tampoco se puede decir que el ISIS fuera solo un chivo expiatorio, un modo de atribuir culpas y de canalizar la ira. Pero, ¿se evitan las causas de la violencia solo desmantelando esta organización terrorista?

Conspiranoias y verdades incómodas

No toda descripción de los hechos -a la que siempre subyace una interpretación, un relato- es aceptable en pie de igualdad con las demás. El mínimo necesario para que haya una conversación exige que se reduzcan a un número manejable las hipótesis que se discuten, con referencia a un conjunto de hechos -aclarados o por aclarar.

Por supuesto, siempre están los que adoptan interpretaciones consideradas no razonables, que a veces son conspiranoicas. A veces es preciso “pensar fuera de la caja” o superar lo “políticamente correcto”. Pero los conspiranoicos deben quedar “fuera de la sala”, porque no admitirán ningún hecho que refute su relato, sino todo lo contrario.

Si quienes influyen sobre la opinión pública excluyen por principio algunas hipótesis razonables, el daño para la comunidad política y la acción coordinada es evidente. Por supuesto, dada la tentación de hacer chivos expiatorios y relatos causales simples, puede ser prudente no lanzarse a atribuir culpas con brochazos. No todos los días son buenos para iniciar una discusión sobre la globalización capitalista o el Islam.

Quién debe dar respuesta

En definitiva no hay descripción neutral de quiénes son los afectados, más allá de la puramente empírica del nombre de los muertos. Y esa lista no da razón de por qué otra lista de nombres se pusieron de acuerdo para actuar dejándose la vida en ellos y han recibido apoyos antes, durante y después.

Dicho lo cual, yo no me atrevo a esbozar un relato coherente. Sí afirmo que no cabe esperarlo de la alcaldesa de Barcelona o del Presidente de la Generalitat (cuya perspectiva es inevitablemente local, ante un problema evidentemente más amplio). Y probablemente tampoco del Presidente del Gobierno o del Rey de España (que pueden adoptar una perspectiva global, pero no pueden abarcarla solo por sus medios).

Tampoco cabe que el relato nos lo den los “jueces”, o “expertos no responsables” o “profetas morales”, aunque todos esos grupos deberían ser escuchados. La respuesta a estos atentados solo será verdadera si es enunciada por quien pueda ponernos en marcha en la dirección adecuada.

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