¿Qué es la Hispanidad?

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Hoy publica El Mundo un artículo de Henry Kamen donde expone la historia de la fiesta Nacional del 12 de octubre. Aunque lo he leído con interés, me sorprende su cortedad de miras al valorar lo que llama el mito de la hispanidad, y confundirlo como una celebración de una cualidad nacional (que compara con una inexistente celebración de la britanidad o la italianidad).

La Hispanidad es un mito, es evidente: un relato que destaca los aspectos positivos de lo que une a los pueblos -cada uno con sus mitos patrios, que se entrelazan- que nacieron de la presencia española en América. No es por tanto una celebración de esencias nacionales en sentido étnico, ni es necesariamente una exaltación de gestas militares. La Hispanidad no es una característica nacional, aunque apunta a una herencia común, cultural, lingüística, religiosa.  Se celebra una misión trascendente -que va más allá de la nación-, un vínculo transnacional, que ciertamente no exalta el multiculturalismo relativista, pero tampoco tiene nada de white supremacism, como vemos en tantas colonias anglosajonas.

Como mito, la Hispanidad admite diversas versiones, más o menos imperialistas, colonizadoras, grandilocuentes. Al mito de la Hispanidad oponen otros los mitos del indigenismo o de las naciones criollas. Algunos -el mismo Kamen- confunden la terminología del día de la Raza con no se sabe qué referencias racistas, cuando es un hecho inapelable que la hispanidad y lo que todavía algunos -no en España, que Franco hizo una peli, pero sí en México o en Estados Unidos- llaman “La Raza” es, por definición, mestiza, más aún: mestizaje. Por supuesto también es posible caer en el mito de lo cosmopolita individualista, que niega todo valor a los vínculos culturales e históricos, y recela del carácter no factual de muchos de esos relatos, para sacarse de la manga un mundo construido sobre el consenso voluntario de individuos sin padre ni madre. Y sin hijos.

Las Hispanidades a que hace referencia Kamen o los antiespañoles -o los imperialistas, tan escasos-, no tienen nada que ver con mi experiencia:

Mi madre es uruguaya, como la mayor parte de mi familia; he compartido mesa y asado con gauchos; una noche, perdido por las Sierras de Córdoba (Argentina), me sorprendí pudiendo hablar castellano con un policía cimarrón y bizco; he enseñado a seis mujeres quechuas que Dios es amor porque es trino, mientras me miraban con pechos goteantes, absortas al revuelo de sus niños sin padre; he dado castellano y matemáticas a indígenas en los Andes, en el altiplano del Titi-Kaka y en la Sierra de Guerrero; un indio quechua nos dijo, dando botes en la caja de un pick-up a las faldas del Imbabura, que éramos sus primos hermanos; he aprendido a rezar y a confiar en Dios de una ancianita ecuatoriana; he discutido con un tico evangélico si los sacerdotes son seres humanos, y solo estuvimos de acuerdo en eso; he imaginado corazones y sangre derramarse escalera abajo desde lo alto de una pirámide; he comido arepas con amigos salvadoreños en Washington DC; he tenido reuniones de trabajo, a la sombra de volcanes, con empleados de un ingenio azucarero en Guatemala; conozco un santo chaparro y moreno, obispo al que han perseguido sus hermanos de la liberación; he celebrado la fiesta de Santiago Apóstol en una parroquia de Buenos Aires; mi casa está en la Villa de Guadalupe (y por eso me siento mexicano), y siempre que voy a Nueva York hago una visita a su imagen en San Patricio (que no me importa que fuera irlandés); puedo citar de memoria a Borges.

Es solo mi experiencia -parte de mi experiencia allí, la positiva- y no puedo hacerla universal. Pero es mucho más que lo que Kamen imagina y puede entender. Creo que puede llamarse Hispanidad. Sé que ningún gobierno querrá plasmarla en un decreto ley, pero también estoy convencido de que si más personas la compartieran, entenderían y amarían España sin remordimientos ni fanatismos.

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