Lo que he visto y oído

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Esta Navidad he estado metido de lleno en la hura del áspid: la Tierra Santa de Israel y Palestina. Lo he hecho de una manera muy convencional: en una peregrinación dirigida por el P. Teodoro, un franciscano con muchísimos años de experiencia en esas lides. La peregrinación acabó -también en una arenga del famoso P. Artemio- con una llamada a la acción: como los apóstoles, “contad lo que habéis visto y oído”. Me la he tomado en serio, y en este post comparto mis experiencias y reflexiones de estos días, con intención de acabar con una llamada a la acción por mi parte.

La ciudad de la paz

Una de las etimologías traduce Jerusalén por “Ciudad de la paz”. Casi una ironía, para un lugar que ha sido destruido hasta en diecisiete ocasiones a lo largo de los siglos. Cuando los romanos derribaron sus muros y araron sobre el lugar del Templo en el año 70, se cumplieron a la letra muchas profecías. Pero no había nada nuevo bajo el sol: Jerusalén parece atrapada en este eterno retorno de violencia mimética. Hoy mismo ha vuelto a haber un atentado terrorista.

En la esquina sudoeste del antiguo templo de Jerusalén el Estado israelí ha abierto una explanada junto a los restos de los pilares del muro del templo de Herodes, ante los cuales los judíos rezan desde hace siglos: el llamado muro de las lamentaciones. Son piedras que admiró Jesús. Allí los textos para turistas señalan que permanece la presencia de Dios. Así parecían pensar los Apóstoles que acudían al Templo a rezar, aún después de que se rasgara el velo que daba acceso al Santo de los Santos, y de que comprendieran -lo explica Benedicto en su Jesús de Nazaret- que el único sacrificio de Cristo cancelaba el valor de las antiguas ofrendas. Así lo certifica también la mezquita de Omar, que se yergue con su cúpula dorada sobre el espacio del templo.

El agua de la piscina probática -hoy ruinas junto a la basílica de Santa Ana- fluía dentro del templo y limpiaba la sangre de los sacrificios, que regaba después el torrente Cedrón. Pero -como le sucedía a Macbeth, que no conseguía lavar sus manos asesinas- nada puede borrar la presencia de Dios. Y por lo que parece, esa presencia es una fuente inextinguible de sangre derramada precisamente en nombre de Dios.

¿No sería mejor imaginar -con John Lennon- un mundo sin religiones, donde se desactivara esa furia irracional, ese apegamiento tremendo a unas piedras, o al menos un mundo donde las religiones se espiritualizaran, se desvincularan de los lugares y de los pueblos, y se limitaran a ser modos subjetivamente sugestivos y socialmente compatibles de acercarse a una divinidad que no pide sacrificios?

Desde el monte de los Olivos, a otro lado del Cedrón, donde Jesús lloró por Jerusalén y sudó sangre pavorosamente, uno piensa: el fin de la historia, la superación de estas discordias en la paz universal de un orden post-religioso, es una tentación y a la vez una quimera. Es necesario concebir una alternativa.

El sacrificio de la Cruz

Fuera de la ciudad, al oeste, se yergue una peña conocida como La Calavera. Allí derramó Cristo su sangre inocente de una vez para siempre. Pero la sangre que aún coagula en las grietas del calvario no es la sangre de un muerto, sino de un Vivo.

Es muy revelador que cuando en el 1009 d.C., el fanático califa fatimita de Egipto al-Hakim bi-Amr Allah emitió la orden explícita de destruir las iglesias de Palestina, Egipto y Siria, sobre todo se empeñó en el Santo Sepulcro, destruyendo incluso la roca viva y no solo los edificios. La roca del calvario quedó sin embargo intacta. Que Jesús muriera en la cruz a las afueras de Jerusalén es un hecho que no plantea ningún problema. Lo decisivo es si resucitó o no. Solo si resucitó se cumple lo que proclama San Pablo:

Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades (la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas), para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades“. (Efesios, 2: 14-16)

La Cruz, “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles”, es el único camino para cancelar la espiral de violencia de las religiones y unir a todos los pueblos, hasta hacerlos comer del mismo pan, en el espíritu de caridad que Jesús manifestó con hechos y palabras en su Cena:

Lo que desde el exterior es violencia brutal ―la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo” (Benedicto XVI, Palabras en la JMJ de Colonia).

Un realismo inaudito

Una frase que me ha venido a la cabeza repetidamente estos días ha sido la exclamación de Benedicto XVI al considerar la Encarnación. Se trata de una expresión que Ratzinger usó en varias ocasiones:

La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito” (Deus Caritas est, n. 12).

Es una de las conversaciones que inevitablemente se suscitaban en esos días, uno de los padres franciscanos exponía su punto de vista ante la comparación entre el cristianismo y las otras religiones, con sus derivas tribales y violentas. Lo hacía, sin citarlo, evocando el pasaje inicial de esa misma encíclica:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Deus Caritas est, n. 1)

Por eso la comparación del cristianismo con otras religiones lleva a la conclusión de que -en último análisis- el cristianismo no es una religión. Es una relación personal con Cristo. También podríamos decir: es la única religión, el único modo de religar al hombre con Dios, en el Dios-hombre. En el Cristianismo el sacrificio de Cristo cancela todos los sacrificios, y la comunidad universal de los creyentes trasciende todo grupo sociológico y sus dinámicas tribales.

Este tropezar con el realismo de la encarnación se hizo aún más vivo durante una visita breve a una obra de misericordia que una congregación religiosa dirige en Belén. Allí acogen en su hogar a niños discapacitados, descartados por sus familias musulmanas que en muchos casos los consideran una maldición. A la salida una señora muy emocionada le decía a la monja argentina: “sois la imagen de Dios en el mundo”. Resulta necesario comprobar que el celo por custodiar los lugares santos de la vida del Señor Jesús y por la protección de los cristianos, va acompañado de estas señales de la misericordia de Dios. Esto evoca la enseñanza del Papa Francisco. La carne sufriente de Cristo en los hombres y mujeres completa ese inusitado realismo de la Encarnación:

A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente“. (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 270)

“Aquí”

La aplicabilidad de la vida de Cristo -no solo moral, sino real- a las circunstancias de cualquier persona es aún más evidente cuando uno contempla la pobreza que fue escenario de la vida de Jesús, el áspero lugar de su muerte, la belleza de los paisajes que contemplaba a diario, la aridez del desierto de Judea donde rezó por cuarenta días, la suciedad del agua purificadora del Jordán. La identidad geográfica imprime profundamente en el alma ese realismo inusitado de la Encarnación, que es el resello del Amor de Dios por nosotros.

Desde el primer día en Nazareth la liturgia celebrada en los lugares santos, el testimonio de las inscripciones, y hasta el modo de rezar el Ángelus, enfatizaban que los misterios que celebrábamos sucedieron “aquí”: “El Ángel del Señor anunció aquí en Nazareth a María…”. “Aquí el Verbo se hizo Carne”. “Aquí nació el precursor”…

La actualidad de los misterios de Cristo en el “hoy de la liturgia” se refuerza en Tierra Santa con el “aquí de los lugares santos”. Ciertamente, de los lugares originales apenas queda nada, en un sucederse de construcciones y derribos que es el mejor testimonio de la localización de los eventos sagrados. Todo se ve a través del velo de la historia. Son los parajes naturales quizá lo que mejor sobrevive al paso del tiempo.

Llama la atención precisamente la interconexión de los escenarios: la Tierra Santa es pequeña, hasta el punto que puede abarcarse de un golpe de vista desde ciertas cimas: Galilea desde el monte Tabor; todo el mar de Tiberíades desde la ladera de las Bienaventuranzas; el desierto de Judea, el Jordán y la Transjordania desde el Monte de los Olivos; el Mar Muerto desde Belén; el Mediterráneo desde Emaús…

También hay un aquí étnico: espontáneamente uno busca rasgos del rostro de la Virgen y de Jesús en las caras de los hebreos. Incluso ciertas manifestaciones de exaltación religiosa en algunos puntos -unos evangélicos en el río Jordán, por ejemplo- evocan el clima de expectación mesiánica que rodeaba a Juan Bautista y a Jesús.

Este realismo, esta historicidad tan radical, nos enfrentan con uno de los puntos claves del cristianismo: su dimensión universal. Esta pretensión del Cristianismo de que Jesús es el único Salvador, de que hay una única Iglesia, resulta desconcertante. Ciertamente evoca la unicidad del pueblo de Israel, elegido por Dios entre las naciones, por un decreto misterioso. Pero a la vez, la trasciende de un modo inaceptable para los celosos hijos de la Alianza.

Esta paradoja entre lo universal y lo concreto, lo histórico y lo eterno -que es una dimensión más del misterio de la Encarnación- es signo de contradicción. Puede llevar a rechazar la pretensión cristiana para buscar alternativas en la línea del pluralismo religioso (Dios se manifiesta de muchos modos en diversas culturas) o en un deísmo filosófico más o menos panteísta. Pero a la vez es la razón más poderosa para creer en el mensaje cristiano. Solo haciéndose hombre puede Dios unirnos a Él de modo real. Y solo haciéndose histórico, concreto, contingente, individual, es el Dios encarnado verdaderamente hombre. Solo así mis particulares circunstancias humanas, casi siempre irrelevantes en sí mismas, pueden alcanzar vibración de eternidad, y todo lo humano ser divinizado.

La importancia del “aquí” da razón de la importancia de peregrinar a la Tierra Santa para cualquier cristiano. Que “Dios está en todas partes” es una verdad que no agota los modos de estar de Dios en el mundo, en la historia, en nuestras vidas.

Las tribulaciones de la Iglesia Madre

La iglesia de Jerusalén, formada al inicio por las comunidades judeo-cristianas, restaurada  en épocas y de modos diversos por los bizantinos, los cruzados, los franciscanos, está hoy compuesta de árabes y de una constelación de miembros de instituciones de la Iglesia. Es llamada la Iglesia Madre, por ser la primera comunidad de los fieles, y también porque nos señala y conserva los lugares sagrados de la vida del Señor.

Lamentablemente, hoy somos muy conscientes de las tribulaciones de los cristianos en el Oriente Medio, aunque nunca es suficiente. Las cifras de población cristiana han caído en picado en los últimos decenios en Israel y Palestina, como en los países colindantes, también bajo la atención de la Iglesia de Jerusalén (Patriarcado Latino y Custodia franciscana).

Lo que siempre dicen es que la primera ayuda -después de la oración- es sencillamente ir allí. Eso les da vida, económica, socialmente, y espiritualmente. En particular pienso que es necesario que haya muchos más peregrinos jóvenes, que puedan crecer en su fe con la conciencia marcada por las huellas de Jesús y por la experiencia de la iglesia madre. Además, así algunos decidirían quedarse allí de diversas maneras: como franciscanos, como religiosas, como voluntarios o sencillamente como cristianos corrientes con un trabajo profesional.

Un problema que se intuye inmediatamente es que la comunidad cristiana -tan necesitada de apoyo y protección en todos los ámbitos: vivienda, alimentación, educación, trabajo…- corre el riesgo de convertirse en un gueto, y sus negocios -que giran en torno a las peregrinaciones, como por ejemplo las artesanías en madera- de convertirse en actividades protegidas y subvencionadas, pero que no les otorgan la dignidad de un trabajo bien hecho en condiciones de mercado, ni la dignidad de la plena ciudadanía ante las autoridades. Por eso creo que es necesario buscar maneras de ofrecer puestos de trabajo y oportunidades de emprendimiento empresarial para esos cristianos y otros que puedan ir a vivir allí. Esto seguramente no puede hacerse de una vez para siempre, sino que requiere una pluralidad de fórmulas, que deben ir actualizándose mediante prueba y error.

Y por supuesto lo más útil sería la estabilidad política, la paz y la seguridad.

A los que habitaban en tinieblas una luz les brilló

Muchos de los lugares santos son cuevas. Se cumple allí lo que la Escritura dice sobre la oscuridad en la que brilla la luz. Sin embargo, a veces parece que hubieran vuelto a vivir en esas cavidades rocosas, sin ver la luz del sol. Como decía, la peregrinación termina con un call to action: anunciar lo que hemos visto y oído. Esto he intentado, a mi manera. Y acabo con una llamada a la acción para los lectores para ser luz que alumbre esa tierra. En tres puntos:

1. Es obligatorio planear una peregrinación a Tierra Santa en algún momento de la vida. En un grupo paralelo al mío había una señora ecuatoriana indígena que llevaba desde los 16 años ahorrando. Como decimos los horteras: es un must del travel-list de un cristiano. Cerciórate de que vas bien acompañado y guiado. En ese sentido los franciscanos son la primera opción.

2. Leer o ver algún material sobre Tierra Santa o sobre los cristianos en Oriente Medio y compartirlo.

3. Buscar un modo concreto de colaborar con la iglesia madre de Jerusalén y los cristianos de oriente medio. Las opciones son numerosas, aunque no infinitas. Está por supuesto la posibilidad de ayudar directamente a la Custodia de Tierra Santa, o al Patriarcado. También existen organizaciones históricas, como la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro, y otras asociaciones más down to earth. Allí están implantadas otras organizaciones de la Iglesia. Un amigo mío ha creado Guardianes de la Fe, aunque están centrados en los cristianos de Irak. Otros amigos americanos crearon The Pilgrim Project para fomentar el peregrinaje de jóvenes a lugares en Europa -tienen pendiente incluir Tierra Santa. Durante nuestra estancia visitamos Saxum, una casa de retiros y centro de visitantes a las afueras de Jerusalén y fuimos un par de veces a ver el Notre Dame Center que tiene el Vaticano y dirigen los Legionarios de Cristo.

2 Comments

  1. Daniel Castañeda

    Gracias por el post, Ricardo. Me he sentido identificado con muchas de las imágenes que has expuesto. Tuve la posibilidad de pasar un buen número de días en Tierra Santa en mi Luna de Miel, y, como bien dices, “es obligatorio ir”.

    Me gustó mucho que algunos cristianos locales la llamaran “El Quinto Evangelio”, y es que, el mayor peligro que corrimos durante esos días fue que, al estar rodeados de tal cantidad de santos lugares, podíamos llegar a perder la capacidad de asombro, el respeto y admiración a lo sagrado, el “temor de Dios”.

    Me alegro que hayas decidido escribir sobre esto.

    Un saludo

  2. Maria del Pilar Mallol

    Me alegro que no hayas cumplido tu promesa y hayas escrito este artículo
    También soy de las afortunadas que ha peregrinado ya hace unos años a Tierra Santa ,y pienso que la expresión que nombra Daniel en su post “es El Quinto Evangelio” para todo cristiano
    Excelente artículo .
    Dicen que la vida de una persona ,es su vida y sus circunstancias, ya cuando Peregrine me impacto mucho hacer “la vía dolorosa” ,y te aseguro que para subir peldaño a peldaño en santidad , en mi vida ordinaria , es lo que más he recordado ,recuerdo y me gratifica ,ayuda ,anima y vivo aquellas pequeñisimas calles ,que el Señor subió ,portando “nuestra Cruz ”
    Nos enseno el camino ,ahora hay que ponerlo en práctica
    Que paz más impresionante se respira ,sentado al ladito del lago de Tiberiades ,en la multiplicación de los panes y los peces !!!!!
    En Nazaret, cómo se reza el Ángelus !!!!
    Cómo tú muy bien dices “lo que he visto y oído ”
    Yo añado “ven : VERAS Y SENTIRAS “

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