¡Lázaro, sal fuera!

Lázaro ya hedía, después de cuatro noches en la tumba. Y sin embargo Jesús había dicho a sus discípulos que “está dormido”. Hay sueños que son de muerte.

La escena es conocida y emocionante. Jesús se encuentra con Marta y María -cada una en su personaje– y se conmociona, en un clima de duelo… y de reproche ante el que que podría haber evitado el fatal desenlace.

Jesús casi tiene remordimientos: ha dejado morir a su amigo, desgarrarse el alma de sus hermanas, y derramar las lágrimas de las plañideras. Curó a distancia a la hija del centurión. Pero no curó a su amigo. Le ha instrumentalizado sin su consentimiento por una causa suprema.

De hecho ante los judíos el destino de Lázaro queda asociado al de Jesús: debe morir un hombre -o dos- por todo el pueblo.

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Sí, también dejó morir al hijo de la viuda de Naím. Pero en realidad allí no había ninguna expectativa de curación, ningún vínculo previo, ningún compromiso salvo el genérico de “¿cómo puede Dios permitir esto?”.

Era ley de vida, aunque trágica. Y la intervención de Jesús un puro regalo, una visita del Cielo. No tiene nada que ver con la muerte de Lázaro, que es no injusta, sino cruel.

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Los Evangelistas y los Padres de la Iglesia suelen poner los salmos en boca de Cristo, el siervo sufriente de Dios. Pero aquí es Lázaro el que ocupa el lugar protagonista, incluso en el reproche del salmo 54:

Si mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él;

pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad:
juntos íbamos entre el bullicio
por la casa de Dios.

En los salmos, el siervo de Yahvé agradece a Dios que le rescató cuando bajaba a la fosa. Pero aquí Lázaro se tiene que tragar esas palabras de David, mientras enclaustran su cuerpo embalsamado. Más bien se debió ver obligado a suspirar en su lecho lo que días más tarde gritaría Jesús desde la Cruz:

Elí Elí, lamma sabachtaní? Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Pero también, como el Cristo, pudo recitar el final del salmo cuando las multitudes se acercaban a Betania “para ver a Lázaro”:

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.

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Es evidente que este trance de la familia de Betania y los discípulos es paralelo al desconcierto del Viernes Santo: el Rey de Israel podría haber bajado de la Cruz… o curado a su amigo.

El caso más patético de ese estado de ánimo es el de los caminantes de Emaús. Incluso después de haber oído rumores de resurrección emprenden el camino de vuelta al pueblo, a la inanidad de su vida plana, descreídos de quien pensaban que era el Mesías. Tal era su decepción que no pueden esperar unas horas a confirmar la noticia.

La resurrección de Lázaro parece pues una preparación específica a sus discípulos para la Pasión, como lo fue la Transfiguración. Con poco efecto salvo en Juan.

Pero sobre todo es un detalle con sus amigos íntimos de Betania, que quedarían vacunados frente a la desesperación, con la lección de la Resurrección aprendida. Eso sí: obligados por el Maestro a permanecer fuera de Jerusalén, para no compartir su destino por segunda vez.

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Jesús dejó que los discípulos desesperaran en la tormenta en el lago, donde su barquichuela era sacudida por las olas y casi se hundía. Pero no dejó que naufragara la barca hasta el fondo del abismo. A Pedro le hizo caminar sobre las aguas y le dejó empezar a hundirse hasta la cintura… pero en seguida le tendió la mano.

La confianza con Marta, María y Lázaro es mayor que su confianza en Pedro. Y su prueba es también mayor.

Pero aquí hay una enseñanza también para la barca de la Iglesia, siempre sacudida por las tempestades de la historia (de las historias en el sentido de stories). Pero la barca no se hunde, las puertas del infierno no prevalecerán.

Por el contrario Lázaro estuvo enterrado cuatro días, con signos evidentes de putrefacción, embalsamado, empaquetado en vendas, médicamente muerto, civilmente muerto, a ojos vista muerto. Y sin embargo, solo dormido, a la espera de una palabra imperiosa.

El hilo de la caña de pescar de Dios -metáfora chestertoniana- llega hasta la laguna de la muerte, desde donde puede dar un tirón y sacar a sus peces del agua a discreción.

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En la capilla del New College de Oxford hay una estatua fuera de lugar. Es un Lázaro,  de tamaño un poco superior al natural, que se yergue frente a la puerta de entrada, obstaculizando el paso. Todavía envuelto en los paños mortuorios. Pero ya a punto de salir por el umbral hacia la luz del sol.

A simple vista es un modo muy expresivo de presentar la escena: desde dentro de la tumba. Pero hay algunos elementos que en seguida empiezan a enturbiar el simbolismo y a sembrar perplejidades.

La estatua no se levanta sobre sus propios pies, que están ocultos en la base de piedra, que lo sostiene, pero también lo lastra.

Sorprende que el muerto que aún no camina, ya parece haber despertado: sus brazos y hombros están tensos, con los codos empujando hacia atrás, como queriendo escapar desesperadamente de las ligaduras.

Pero ante todo llama la atención que la cabeza está girada con brusquedad, y la cara mira hacia atrás. Una brusquedad que es la de una dislocación violenta. Y de hecho, su rostro sigue siendo el de un muerto, con los ojos cerrados. El ceño y la boca doloridos.

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Desconozco la obra de Epstein -el escultor- y su trasfondo. Aunque sé lo suficiente para saber que su vanguardismo a veces grotesco le granjeó enemigos victorianos. Y que no era cristiano.

En pocos segundos, la interpretación más inmediata de la escultura (Lázaro a punto de salir de la tumba), fue sustituida por otras hipótesis, algunas de las cuales eran perturbadoras.

La escultura me hizo entrever su ambigua relación entre la vida y la muerte; la resurrección como liberación o como esclavitud; la iglesia y el mundo; la luz del sol y la luz del Sol que es Cristo. Temas que quizá estaban presentes en la mente del escultor, en la postguerra mundial, en un entorno cultural post-cristiano que buscaba sin embargo algo de luz para superar los horrores de la guerra -que había arrancado a tantos de las aulas universitarias.

Luego me vinieron a la cabeza otras consideraciones, seguramente anacrónicas, pero que también transcribo.

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Lázaro sale de la tumba -que es la Iglesia, que lo tenía maniatado- hacia el mundo. Y sin embargo, llevado de una fuerza incontrolable, gira la cabeza -como digo: dislocada. ¿Es la fuerza de Dios -el remordimiento-, que le retiene, y que le vuelve a producir la muerte al retorcerle el cuello? ¿Es una nostalgia incontrolable que le hace convertirse en estatua de sal al quedarse mirando la Nínive eclesiástica, cuando era hora de avanzar hacia la libertad fuera del templo?

Otra interpretación posible: Lázaro, que es imagen de los cristianos, está muerto. Y es saliendo al encuentro del mundo moderno, atravesando el umbral, como parece ansiar la vida, la luz del sol, intentando liberarse de las vendas con sus propias fuerzas. Está a punto de suceder algo estremecedor y desconcertante: un muerto viviente paseando por las calles góticas de Oxford, pretendiendo ser uno más. Y sin embargo, una fuerza sobrehumana, la verdadera Vida, es la que le resucita haciéndole girarse hacia el Oriente, hacia el ábside de la Iglesia donde se yergue la Cruz. Desde allí el Sol naciente que es Cristo resucitado, le atrae de modo irresistible, rescatándole -rescatándonos- del espantoso ridículo de pasearse disfrazado y hediondo por las calles.

“¡Lázaro, sal fuera!”, no es una llamada a salir fuera de la Iglesia físicamente, desembarazándose de las telas y ungüentos que allí vestíamos. Es un salir fuera de sí, pero hacia Jesús, hacia la Vida. Es por tanto -en este caso- un volverse, convertirse, hacia la luz de Dios, hacia el Oriente.

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En la Iglesia antigua existía la costumbre de que el obispo o el sacerdote, después de la homilía, exhortara a los creyentes exclamando: «Conversi ad Dominum», «Volveos ahora hacia el Señor». Eso significaba ante todo que ellos se volvían hacia el este, en la dirección por donde sale el sol como signo de Cristo que vuelve, a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía. Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su mirada a la imagen de Cristo en el ábside o a la cruz, para orientarse interiormente hacia el Señor. Porque, en definitiva, se trataba de este hecho interior: de la conversio, de dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios vivo, hacia la luz verdadera.

Además, se hacía también otra exclamación que aún hoy, antes del Canon, se dirige a la comunidad creyente: «Sursum corda», «Levantemos el corazón», fuera de la maraña de nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción. Levantad vuestro corazón, vuestra interioridad. Con ambas exclamaciones se nos exhorta de alguna manera a renovar nuestro bautismo. Conversi ad Dominum: siempre debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los que tan a menudo nos movemos con nuestro pensamiento y nuestras obras. Siempre tenemos que dirigirnos a él, que es el camino, la verdad y la vida. Siempre hemos de ser «convertidos», dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo interiormente hacia lo alto: hacia la verdad y el amor.

Esto decía Benedicto XVI, en la Vigilia Pascual de 2008. Perfectamente compatible con el ideal de la Iglesia en salida del Papa Francisco (Evangelii Gaudium, 23):

La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera». Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo.

La imagen de Lázaro de Epstein plantea las ambigüedades y peligros de muerte que sin embargo existen en el modo de hacer compatibles esas dos dinámicas: salir hacia el Oriente que es Cristo que viene, y salir hacia todos los extremos del mundo.

Y el Lázaro real da esperanzas incluso allí donde los cristianos o la misma Iglesia huelen -olemos- no a oveja, ni al buen olor de Cristo-pastor, sino a carne podrida en cuerpos descoyuntados por contradicciones internas.

 

One Comment

  1. Lucia Gallarda

    Interesantes lucubraciones. Aunque hasta donde yo sé el new college no era su destino original. La empieza a la muerte de su esposa; puede tener un sentido más mundano en el que esa dislocación violenta sea la representación de su propio dolor (él es Lázaro) o la de su esposa (ella es Lázaro) al ser lastrada por Epstein, que se niega a aceptar la muerte. Prefiero tus reflexiones.

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