La misericordia del anticristo (con textos de Soloviev y T.S. Eliot)

antichristLa misericordia es el atributo más característico de Dios. No hay que ser muy espabilado para ver cómo el Espíritu Santo sopla en esa dirección desde hace muchos decenios, mediante la vida y las enseñanzas de santos y también gracias al esfuerzo de los pastores: singularmente San Juan Pablo II y Papa Francisco.

Sin embargo, en el famoso Relato del Anticristo de Soloviev, la misericordia aparece en una luz mucho más ambigua. El filósofo y literato ruso aborda la cuestión del anticristo en unos diálogos ficticios sobre el sentido de la historia, y el choque entre el racionalismo y el cristianismo. Temas que están también presentes en otros grandes rusos del siglo XIX como Dostoievski. No es una fuente que goce de inspiración divina, pero su intuiciones son interesantes. Al narrar la aparición del que se revelará como el anticristo, y su paulatina toma de conciencia, Soloviev lo describe así:

En este estadio “el hombre venidero” se presenta aún con no muchas características originales. Concebía su relación con Cristo del mismo modo como fue, por ejemplo, la de Mahoma: un hombre justo a quien nadie podía reprochar mal alguno. Justificaba la preferencia egoísta por sí mismo y no por Cristo con el siguiente razonamiento: “Cristo, predicando y practicando en su vida el bien moral fue el reformador de la humanidad, yo en cambio estoy destinado a ser el benefactor de esta misma humanidad, en parte reformada y en parte incorregible. Daré a todos todo cuanto ellos necesiten. Cristo, como moralista, dividió a la humanidad en buenos y malos, pero yo en cambio uniré a todos con los bienes necesarios; tanto para los buenos como para los malos. Seré el verdadero representante de aquel Dios que hace brillar el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos. Cristo trajo la espada y yo traeré la paz. Él amenazó a la tierra con el terrible juicio final pero el último juez seré yo, y mi juicio será no sólo de justicia sino de misericordia. En mi juicio habrá también justicia, pero no será una justicia retributiva sino distributiva. Juzgaré a todos y daré a cada uno según sus necesidades”. Con esta magnífica disposición, esperaba una clara invitación de Dios a iniciar la obra de la nueva salvación de la humanidad. Aguardaba un signo prodigioso o algún testimonio de ser el hijo mayor, el primogénito predilecto de Dios. Esperaba, cultivando su amor propio, sostenido por la consciencia de sus virtudes y dones sobrehumanos; pues, como se ha mencionado, era un hombre de una moral irreprensible y de una genialidad nada común.

En las descripciones ficticias sobre el Anticristo, muchos autores coinciden en estos últimos rasgos: la grandeza moral del anticristo y su sutileza intelectual. Y es precisamente eso lo que le hace –le hará- oponerse al mismo Cristo como camino alternativo de salvación. Aquí vemos cómo es precisamente enarbolando la misericordia frente a la distinción entre el bien y el mal y la renovación de la persona por la gracia.

¿Es la misericordia del Anticristo -que no reforma a la humanidad, sino que le ofrece benévolamente lo que necesita- la misericordia de Cristo? Evidentemente no. La misericordia del anticristo no es misericordia porque en definitiva niega el pecado –ya sea la norma moral objetiva o la capacidad subjetiva para pecar culpablemente- y sustituye la misericordia por una especie de condescendencia filantrópica elitista.

La misericordia del anticristo evidentemente anula “la ley y los profetas”, sin dejar una sola tilde en su sitio original. No es un paso hacia la radicalidad del Evangelio (¡Dios que toma carne humana y muere por nuestros pecados!), sino un paso adelante en la evolución religiosa de la humanidad. No un episodio de reforma, ni siquiera de revolución en el sentido de volver al origen. Es un hiato, una ruptura, un nuevo comienzo. Y por tanto quien lo incoa es un nuevo Cristo, un nuevo Profeta, un nuevo Legislador.

La verdadera misericordia, nos dice con frecuencia el Papa Francisco, es ver la miseria ajena no como un caso de laboratorio al que se aplican unas fórmulas abstractas de cuño intelectual, sino como la carne de Cristo, palpitante y sufriente. La verdad más radical sobre la situación de una persona no se reduce a ser un caso concreto de una ley general. La verdad de las personas –si quiere ser captada por las personas- debe elucidarse desde el dramatismo del caso concreto en su unicidad. Así es como percibimos nuestra vida, y así es como nuestra vida es en realidad: única, irrepetible, personal… palpitante. No -como diría Kelsen- como un punto de imputación de una norma.

A la vez, como ha dicho alguna vez Francisco citando a Benedicto, la Caridad debe hacerse en la Verdad, pues de lo contrario:

…cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal (Caritas in Veritate, n. 3).

Quien pierde la capacidad de ver la verdad, y de mostrarla como un camino válido para cada persona –y encontrar ese camino, insisto, no se reduce a enunciar un principio de lejos y desde arriba-, cae en la misericordia del anticristo: el atajo de la laxitud, el sucedáneo de lo terapéutico, la integración no en la comunidad de los santos, de los que han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero, sino en la comunidad de los buenistas, que eluden todo conflicto, toda confrontación con la verdad, que entienden que la medicina se reduce en último término a anestesia y la curación a narcotización de la conciencia. Que no duela.

Quien se queda obsesionado por el dolor o los particulares de un caso, paralizado ante la tesitura de tener que usar el bisturí no podrá ayudar a la persona sufriente a elevarse hacia la verdad, que es Cristo, que es quien salva. Quien por el contrario toma distancia de la carne y de la sangre, cae en la falta de misericordia, o en una misericordia meramente intelectual enunciada como principio, pero no real, y que además no es percibida por quien sufre el mal del pecado.

El nombre de Dios es misericordia, ha titulado Tornelli su entrevista al Papa Francisco. Pero como diría Soloviev, también el anticristo puede disfrazarse de misericordia. Aquí también, “el diablo está en los detalles” (que dicen los ingleses).

Por eso termino citando a TS Eliot, que usa como el Papa Francisco la imagen del mundo como un hospital, y no nos ahorra el dolor para la curación:

The wounded surgeon plies the steel
That questions the distempered part;
Beneath the bleeding hands we feel
The sharp compassion of the healer’s art
Resolving the enigma of the fever chart.

Our only health is the disease
If we obey the dying nurse
Whose constant care is not to please
But to remind us of our, and Adam’s curse,
And that, to be restored, our sickness must grow worse.

The whole earth is our hospital
Endowed by the ruined millionaire,
Wherein, if we do well, we shall
Die of the absolute paternal care
That will not leave us, but prevents us everywhere.

Y aquí una imperfecta traducción, que apenas corrijo:

El cirujano herido aplica el acero
Que interroga a la parte enferma;
Bajo las manos sangrantes sentimos
La afilada compasión del arte del sanador
Resolviendo el enigma del gráfico de fiebre.

Nuestra salud solo viene por la enfermedad
Si obedecemos a la enfermera moribunda
que nos cuida siempre pero no siempre nos complace
Sino que nos recuerda nuestra maldición -que es la de Adán-,
Y que, para ser curados, nuestra enfermedad debe empeorar.

La tierra entera es nuestro hospital
Donado por el millonario arruinado,
Donde, si nos va bien, nos
Moriremos de absoluto cuidado paternal
Que no nos abandona, pero nos previene en todas partes.

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