La Danza Macabra

Desconozco la historia pero sospecho que hay una conexión profunda entre las Danzas de la Muerte de la alta Edad Media y el origen de las procesiones. En cualquier caso está claro que los pasos de Semana Santa ejercen un efecto magnético sobre la imaginación popular y turistera porque se atreven a mirar cara a cara a la Muerte, la gran ausente en nuestra cultura. Porque al fin y al cabo eso es lo que porteamos sobre nuestros hombros: un crucificado y su patética Madre.

A ojos de algunos, los que salen a la calle fascinados por el rostro del siervo de Dios lo hacen no por fe razonable en el Logos, no elevados por la sublime moral del Amor, sino agitados por Eros y Thánatos. La peor versión de la religión, oscura, supersticiosa y telúrica.

La mentalidad secularizada se escandaliza y reclama la purificación ilustrada de la razón científica y una plaza pública desnuda, abierta solo a símbolos de identidades huecas y al consumo de terraza. Aborrece ver las banderas nacionales y a sus servidores, uniéndose a la danza macabra.

Pero sobre todo, los hiperilustrados no quieren que miremos a la Muerte, porque saben que su ebriedad derriba el castillo de naipes de sus explicaciones científicas. Como bien apunta Jorge Bustos, prefieren hablar de la detención del envejecimiento y de la criogenización. Como si la muerte fuera solo eso: un deterioro celular. Aún no han conseguido ilustrar al pueblo en la verdad: que la muerte no existe. Al menos para ellos.

Las Danzas de la Muerte medievales tenían un sano elemento sociológico. Representaban a todos los estamentos -Papas y emperadores incluidos- que bailaban de manos de las parcas. La muerte como la gran igualadora. Evidentemente, nuestros hombres avanzados prefieren conjugar los verbos de la fiscalidad progresiva y la renta vital, mientras ellos se desvinculan de la procesión para caminar hacia la inmortalidad elitista que se fabrican en California.

Pero no quiero ser injusto. Las procesiones no son solo danzas macabras, ni pura hechicería. Las danzas de la muerte subrayan que todos moriremos, y que la muerte con su rostro inexpresivo es igual para todos. Por tanto representan rostros irreconocibles -meras calaveras-, ataviados con la multiplicidad de símbolos del poder terreno. Pero las procesiones de Semana Santa no son como la imaginada procesión del Día de Muertos de la última película de James Bond.

Aquí hay un único rostro, masculino y femenino, el del Hijo y el de la Madre, que es a la vez el Rostro del Padre. El rostro del “más hermoso de los hombres”, desfigurado por el dolor, “ante quien se vuelve el rostro”, para salvarnos de nuestros pecados.

Y esto es lo que más solivianta a algunos, sin saberlo. Estarían dispuestos a celebrar procesiones con rostros de torturados, de niñas violadas, de mineros explotados… Así lo hacen de hecho en muchas exposiciones, en muchos informativos.

¿Por qué entonces Jesús, y no cualquiera de nosotros? Este es el gran escándalo. “Si Jesús no era mujer, ni discapacitado, ni era transexual, ni era negro, ni era sociológicamente pobre. No nos representa”.

Y hay algo de verdad en esto. No debería ser él, quien fuera crucificado, sino los culpables: de otro modo la injusticia queda sin venganza. Además, Jesús es el único de nosotros que no merecía la muerte: Él es el Inocente. ¿Qué sentido tiene?

Pero precisamente al ser el Inocente puede estar junto a nosotros en lo que tenemos de inocentes, denunciando el dolor injusto de tantas víctimas, y acompañando la soledad de tanto dolor. Pero también como Inocente, puede volverse contra nosotros en lo que tenemos de culpables, de su muerte y del sufrimiento de tantos otros. Y esto no con ira o venganza, sino con el reproche silencioso de un cordero inmaculado.

Dudosamente este reinado es una amenaza directa a los poderes de la tierra. Así lo vio Pilato. Los gritos de los príncipes judíos sí que eran un peligro. Y sin embargo, los gritos no cambian nada. El silencio de Jesús lo cambia todo.

Quien reduce la Cruz -y las procesiones- a un símbolo de hegemonía cultural, o a un ritual perturbador, ha entendido tan poco como quien reduce el cristianismo a una moral buenista y socialmente decorativa, que no altera el eje de coordenadas de nuestras vidas, perfectamente adaptable a una visión del mundo sin muerte ni pecado.

Tampoco entiende nada quien se queda en la danza macabra del viernes santo, sin encender el cirio el domingo por la noche -cada domingo- para recibir ese mismo rostro de Cristo como sol naciente.

“¿Dónde está oh muerte tu aguijón? ¿Dónde está sepulcro tu victoria?”

(qué distinto es cantar la Resurrección a bailar la danza de la muerte)

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