El 23F del Rey Felipe

254092-944-660Esta semana está empezando a pasar lo que Rajoy lleva nueve meses intentando provocar: la quiebra de la posición de Pedro Sánchez dentro del PSOE, que probablemente acabará con él, y podría dar a Rajoy una pírrica presidencia del gobierno.

Salvar al soldado Sánchez

Ante el “no es no” de Pedro Sánchez, en la resaca del 20D, precedido de las acusaciones de indecencia, y ante las repetidas tablas del 26J, Rajoy sabía que este era el pulso decisivo. Sabía desde esa noche que -llegado el momento- lo ganará, pues su capacidad de aguante -aún en medio de los casos de corrupción y torpezas sorianas- es mucho mayor que la de Sánchez. Pero la verdad es que este momento se ha retrasado más de lo previsto.

Dos cosas han dilatado la hora del duelo final:

  • Primero, hay que reconocérselo, la tenacidad de hierro del líder socialista. Sánchez se ha contagiado de la tozudez de Rajoy -un fenómeno de mímesis entre enemigos que es muy habitual-. Ha sabido jugar sus cartas internas, con su apelación a la militancia. Si esto ha sido por puro interés personal, o de facción, o de partido, o genuina preocupación por el bien común, no me atrevo a juzgarlo. En cualquier caso, es razonable pensar que para que uno pueda contribuir al bien común, necesita una posición negociadora lo más fuerte posible, y por tanto resulta indistinguible una cosa de otra -lo mismo sucede con Rajoy-.
  • Segundo, el Rey Felipe y Albert Rivera le dieron oxígeno para esta huida hacia adelante, al encargarle formar gobierno y firmar acuerdos de investidura con él (respectivamente), aún a pesar de que era bastante evidente que ni Rajoy ni desde luego Podemos cederían. Pero de esa manera, la presión sobre Pedro Sánchez se dispersaba, y le permitió llegar a unas segundas elecciones. (También se puede decir que al dar este balón de oxígeno se evitaba que el PSOE pactara con Podemos… pero en realidad ese escenario hubiera acabado con Sánchez mucho antes).

Ya en su día escribí que el Rey era libre de encargar la formación de gobierno a Sánchez, pero que -aún siendo respetuoso con su apartidismo- este movimiento distaba de ser obligado y neutral. Y que me parecía muy bien que el Rey intervenga en este proceso de esa manera.

El pulso final

Después de una sucesión de eventos bien conocida, en la que Pedro Sánchez consiguió apoyo interno para escenificar una derrota inicial de Rajoy, se acerca el momento de la verdad para el líder socialista. Espera ser salvado por la campana del PNV. Pero es llamativo que el rumor de sables, a ritmo de rumba, de Susana Díez y los barones, se haya activado antes de la cita del 25S en Galicia y el País Vasco. Aunque quizá no tanto a la vista de las encuestas.

Me parece, y creo que muchos están de acuerdo conmigo, que es malo para España que el PSOE no sea capaz de llegar a acuerdos con el PP por cuestiones de principio. Es el final del consenso constitucional. Pero claro, la culpa no es necesariamente de unos ideólogos malvados, sino del comportamiento del electorado de izquierdas, que penaliza la moderación y el transaccionismo.

Me parece, y creo que muchos están de acuerdo conmigo, que esta actitud del electorado y de los líderes socialistas es en buena medida consecuencia de la presencia de Rajoy y de la corrupción del PP. Es natural que Rajoy no ceda en este proceso negociador, y que su partido le apoye con filas cerradas para no perder fuerzas. Pero esta posición de Rajoy como valedor de los resultados electorales del PP se acabaría en el mismo momento en que se formara gobierno. Por lo tanto, Rajoy podría ceder en el último momento su cabeza, sin daño para los suyos y para su proyecto de España.

La realidad es que tanto Sánchez como Rajoy ya descuentan las terceras elecciones. Lo que estamos observando es el intento de decapitar a Sánchez dentro del PSOE, sea para permitir la formación de gobierno o -lo que me parece más conveniente para el partido, pero inaceptable para España- para poder presentar otro candidato a los terceros comicios que pudiera rehacerse electoralmente, permitir la formación de gobierno a cambio de cosas concretas y dirigir la oposición desde el primer banco.

La gran coalición

Me parece bastante claro que los socialistas -tanto si van a terceras elecciones como si no- deberían intentar un último asalto negociador. Este asalto debería centrarse en la persona de Rajoy. A la vez, creo que no sería razonable esperar que el PP ponga otro candidato para encontrarse después con un gobierno en minoría. La transacción evidente sería pues: otro candidato del PP a cambio de la entrada en el gobierno de PSOE y Cs con un programa de gobierno basado en los pactos alcanzados con Cs, pero reforzado con un proyecto audaz de reforma constitucional. Si se da esto último, pienso que el papel de Podemos -además ahora está debilitado- no podría ser el de una oposición sin compromisos: debería sumarse al proyecto de reforma constitucional, aunque finalmente no lo apoyara.

Creo que este movimiento conviene a los socialistas tanto si se ejecuta el plan, como si Rajoy se niega y vamos a unas terceras elecciones. Será fácil presentar a Rajoy como “Mr. No”, una vez eliminado Sánchez. Y es buen momento para enfrentarse con Podemos sin miedo a sorpassos.

El defensor de la constitución

Y aquí es donde entra el papel del Rey. Según el art. 56 “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones (…) y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes”. Entre otras cosas “corresponde al Rey (…) Proponer el candidato a Presidente del Gobierno y, en su caso, nombrarlo” (art. 62.d).

Unas terceras elecciones serían un fallo del sistema -no apocalíptico, pero importante- que el Rey no puede tolerar. Unas terceras elecciones fruto del enrocamiento constituirían un secuestro del sistema por parte de los partidos, en contra de todos los demás elementos: el poder electoral del pueblo, el papel del Parlamento y de cada diputado frente a los grupos parlamentarios, y no en último lugar, el Rey.

Ciertamente, no hay ningún medio legal para evitarlas, si no hay acuerdo en el Parlamento. Desde luego el Rey no puede impedir directamente que esto suceda. Pero sí hay medios políticos, más o menos explícitos, que corresponden a los demás actores en este proceso: singularmente el Rey y la presidente de las Cortes. Como esta última está desempeñando un papel bastante servil al gobierno, el balón queda en los pies del Rey.

Lo que no puede exigirse al Rey es que sea neutral ante el normal funcionamiento de las instituciones, que le corresponde moderar y arbitrar. Muchos expertos han escrito sobre las diversas iniciativas que el Rey podría llevar a cabo, plenamente respetuosas de su posición neutral ante los partidos. Sería un grave daño para la credibilidad de la Corona si se llega a las terceras elecciones sin que el Rey hay explorado ninguna de ellas. Sería inaceptable una nueva ronda de consultas en formato cartón-piedra como hasta ahora. A la vez es evidente que cualquier intervención del rey, aunque neutral, tendrá consecuencias asimétricas, debilitando a unos partidos y fortaleciendo a otros. Pero esto es inevitable. Lo importante es que favorezca a los partidos que quieren resolver el problema y debilite a los que lo impiden.

Se sienten coño

En concreto el Rey podría preguntar a los partidos si permitirían gobernar o apoyarían un gobierno encabezado por algún otro candidato del PP o independiente, dando nombres en privado. En las últimas semanas ya ha caído del guindo uno de los posibles.

Es una exagerada licencia literaria decir que estamos ante un golpe de Estado de los partidos, entre otras cosas porque en buena medida es culpa del diseño del sistema, y porque la situación en la que estamos -aunque inaceptable- es legal. Pero también pienso que es adecuada la analogía: unas terceras elecciones serían el 23F del Rey Felipe. Su prueba de fuego.

No hará falta en esta ocasión que ejerza sus funciones como jefe de las fuerzas armadas, ni ninguna otra que no esté en la Constitución. Pero sí debería entrar en el congreso, señalar los agujeros de las balas en la cúpula, y gritar como Tejero: “¡se sienten coño!”, hasta lograr que llegaran a un acuerdo.

Creo que aplaudiríamos más que cuando Juan Carlos espetó a Chavez el memorable “¿¡pero por qué no te callas!?”.

(PS: Aunque en realidad el tipo de “liderazgo” que le corresponde al Rey es el preventivo: no el que plantea grandes retos y los resuelve épicamente con aplauso del público, sino precisamente el que evita que lleguen los grandes episodios nacionales, con buenas y discretas artes. Pero le están montando una “asonada”).

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