Dialogar con el error

El diálogo -y las virtudes que le son propias- es crucial tanto para el ejercicio de la caridad como para la búsqueda de la verdad. Por diálogo no entiendo aquí simplemente un intercambio de palabras más o menos funcional como quien pide que le pasen la sal o describe los síntomas de una neumonía; sino un intercambio de ideas, de visiones del mundo, incluso de intimidades, entre personas que se reconocen mutuamente como inteligentes y respetables, que quieren aprender el uno del otro.

Sin diálogo no hay verdadero encuentro personal, salvo que se trate de un encuentro puramente amoroso en el que ya no hacen falta las palabras (que están sin embargo presentes e intensificadas en gestos).

En posesión de la verdad

Sin embargo, cuando se está en posesión de la verdad, parecería que el diálogo con quien no la comparte solo podría ser una de cuatro cosas, a cual peor: i) señal de debilidad en las propias convicciones, que uno está dispuesto a poner en duda; ii) condescendencia (como con un loco o un enfermo); iii) pura estratagema manipuladora para hacerse el simpático; iv) autoengaño o ignorancia sobre el carácter incompatible de las respectivas posiciones. Ninguna de esas cuatro actitudes es buen comienzo para un intercambio personal de intimidades y visiones.

Pero incluso quienes se consideran en posesión de la verdad, suelen distinguir entre aspectos de la verdad que son ciertos y otros que son “opinables”, ya sea por la falta de certeza teórica propia de las ciencias, ya por la intrínseca naturaleza abierta de la verdad práctica.

Por tanto, estos convencidos no tendrán problema –al menos de principio- en abrirse al diálogo en materias opinables, siempre que no se aborden o no se pongan en cuestión las verdades absolutas que se poseen con certeza. Aunque puede que vean tantas implicaciones necesarias de lo no opinable, que en realidad apenas queda hueco para el debate.

Pero este tipo de diálogo es fácil que peque de sordera: si se entra en la conversación no con el afán de poder ser convencido de lo contrario que ya pienso -o al menos de enriquecer mi posición- sino como ejercicio dialéctico de club de debate, o como cortesía amistosa o doméstica que intercambia opiniones como quien discute sobre si mañana lloverá o solo lloviznará. Esos modos de diálogo son muy necesarios también en la convivencia humana, pero no son diálogo en el sentido definido más arriba, que me parece ser su sentido esencial.

Caminar juntos

Ahora añadamos otro elemento: el diálogo en este sentido esencial nunca (o casi) es perfecto. Es decir, no siempre empieza en una perfecta armonía de intenciones, ni siempre acaba en un acuerdo, ni en lo opinable ni en el campo de las verdades absolutas, ni en la delimitación entre lo absoluto y lo opinable.

Como además, incluso en el mejor de los casos, el diálogo exige la exposición de proposiciones y datos muy diversos, se trata de un proceso que puede ser lento y largo. Por tanto el diálogo por definición, en cuanto actividad vital, no es una interacción única, sino un camino que se emprende juntos. Hacia la verdad, sí, pero en un viaje que requiere de alforjas y de ventas en el camino. Y por tanto, de paciencia y de escucha verdadera, que incluye a toda la persona y su circunstancia.

La convivencia en ese camino es parte esencial del resultado del diálogo –la comunión personal- y a veces es la fuente de empatía, confianza y conocimiento mutuo necesaria para que los argumentos sigan su camino hasta las conclusiones necesarias. El diálogo no tiene lugar entre cerebros, sino entre corazones. De ahí que junto con la lucidez intelectual, exija siempre también cordialidad: las ideas y expresiones deben ser siempre tamizadas por paso por el corazón. No es razonable ser solo y fríamente racionales. Aunque tampoco es razonable disolver todo intercambio de razones, también divergentes, en el buenismo del “todo vale” o de “en el fondo estamos de acuerdo”.

Todos estamos convencidos de algo

Pero aun así, el problema del diálogo sobre las verdades absolutas sigue siendo acuciante para quien piensa poseer esas verdades. La idea del diálogo como largo camino no hace sino agravar los cuatro peligros antes señalados.

Antes de resolver ese nudo es preciso sin embargo que aclare dos cosas: hay verdades absolutas, y todo diálogo se apoya en el reconocimiento implícito o explícito de alguna verdad absoluta.

Todos –salvo quizá algunos maníacos- somos relativistas. En el sentido de aceptar algunas de nuestras convicciones como no absolutas, y de considerar algunas de nuestras verdades como provisionales o preliminares, susceptibles de ulterior corrección o compleción.

Y todos tenemos alguna convicción absoluta. En el caso extremo y ridículo del relativista auto-refutado, la convicción absoluta de que no hay ninguna verdad absoluta.

La diferencia está no en esa afirmación de principio, sino en la determinación de qué verdades son absolutas y cuáles relativas. Y sobre todo en el ámbito social, de qué verdades imponemos coactivamente, y en cuáles hay libertad para actuar conforme a las propias convicciones.

Verdades absolutas, condición del diálogo

El diálogo entre personas tal como lo he definido más arriba se apoya necesariamente en las siguientes premisas, que son verdades absolutas de algún tipo:

  1. El otro es inteligente y libre y merece respeto. Al menos el otro que tengo frente a mí, si es que no todo individuo de la especie humana biológica –como diría un creyente en la dignidad de la persona-, o al menos todo mamífero superior en pleno uso de sus facultades mentales –como diría un antiespecista de corte utilitarista. Reconocer dignidad a otro sujeto es una afirmación que no es meramente empírica, sino que tiene un carácter normativo. Es por tanto una verdad absoluta, aunque se trate de una verdad concreta y no universal.
  2.  Debo buscar y seguir la verdad, en su dimensión teórica y en sus implicaciones prácticas, y esto no es una tarea puramente arbitraria ni determinada por mis convicciones pasadas o por lo que otro tenga que decir, sino por la fuerza de los argumentos, de los datos, y de la propia experiencia. Esto no excluye aceptar como verdadero lo que otro dice, en algún aspecto.

Así pues, no debemos descalificar con demasiada rapidez la superioridad moral del poseedor de la verdad. Pues todos poseemos alguna verdad, que aportamos al diálogo y otras que compartimos y que lo hacen posible. Y esto se aplica a la vida social en general. Sin (algo de) verdad, no hay diálogo. No hay sociedad. Empecemos por ahí.

Dudas de creyente y de agnóstico

Vayamos pues al punto difícil: si puede haber diálogo genuino en materia de verdades absolutas, sean compartidas o no. Por ejemplo, las mencionadas en el punto anterior: ¿puede haber diálogo si se ponen en cuestión? ¿No es acaso el final del diálogo, el comienzo a lo más de un monólogo sobre la posibilidad de que mi interlocutor tenga la condición de tal?

No se puede poner en cuestión la fe sin haberla ya perdido. Pues la fe es en esencia confianza personal, no la conclusión de un silogismo o una hipótesis falsable (aunque puede ir acompañada de ambas).

Y sin embargo se puede conservar la fe y poner en duda –metódica, ma non troppo- las propias asunciones intelectuales, los datos de que disponemos, etc. Precisamente la libertad para enfrentar el vértigo de la (auto)crítica racional viene sostenida por esa fe fundacional, por la cual tenemos certeza de que la búsqueda de la verdad no hará daño a nuestra relación personal con aquel o aquellos en los que creemos.

Es posible hacerse esas preguntas de modo “hipotético”, sin cancelar nuestra convicción de que quien tenemos delante es una persona que merece respeto y atención. Por la misma razón, es posible abordar en un diálogo cualquier verdad, aún las verdades absolutas, incluso aquellas de las que depende la certeza fundamental derivada de la fe en otra persona (incluida la fe en Dios).

El diálogo exige una cierta cancelación de la certeza. Pero es importante –como supo explicar magistralmente Fernando Inciarte- distinguir el escepticismo “político” del escepticismo “metafísico”. El escepticismo político, necesario también para el diálogo intelectual, permite distanciarnos de nosotros mismos al poner en cuestión ciertas verdades y aceptar que sean discutidas.

Pero esto se hace “en laboratorio”. Se trata de un juego intelectual y por eso, puede ser delimitado. Aunque también puede derivar en una espiral peligrosa de escepticismo. Vuelve entonces la duda principal: este juego intelectual, en el que revisamos los argumentos, no supone –necesariamente- una verdadera puesta en duda de nuestras convicciones básicas. Por tanto no es un diálogo genuino, abierto a la verdad aunque duela. No es hacer el camino juntos.

Es posible el diálogo genuino entre quien tiene fe y quien está en el escepticismo. En realidad como hemos visto, el escepticismo completo excluye el diálogo. Como la fe monolítica extendida a toda verdad, lo excluye también.

Decía Ratzinger que el creyente y el ateo se encuentran en la posibilidad de la duda. Creo que no se quería referir a la duda en la persona en la que creemos quienes tenemos fe. Pues eso es ya no ser creyente. Pero sí en la duda respecto a mis argumentos, a los perfiles definidos de lo que creo. Y sobre todo a la duda práctica que me lleva con frecuencia a no vivir de acuerdo con esa fe, sin haberla perdido formalmente por un acto de increencia.

En cualquier caso: la duda del agnóstico es terrible, pues no tiene nadie en quien se fíe. Mientras que el creyente se puede permitir el lujo de “dudar” de todo, mientras se sigue fiando de alguien.

Académicos, premiados, invitados… disidentes

Todo este rollo viene a propósito de tres conflictos parecidos, más o menos frecuentes, aunque pertenecientes a niveles diversos, en los que se encuentran instituciones de identidad cristiana de naturaleza más o menos universitaria.

El más reciente es el nombramiento de un prestigioso científico inglés y anglicano para la Pontificia Academia de la Vida, quien parece que no comparte la visión católica sobre el comienzo de la vida humana, aunque sí sobre la eutanasia. Otro habitual en universidades católicas americanas es la elección de políticos o intelectuales a los que se dan reconocimientos que –como la Medalla Laetare de la Universidad de Notre Dame- se ofrecen a personajes por su trayectoria ejemplar como católicos. Claro no todo el mundo que hace cosas buenas o interesantes tiene una trayectoria impecable y siempre surgen quejas. La mayor fue con el honoris causa –en cuya definición había también tonos demasiado elogiosos- al Presidente Obama, conocido por sus posturas favorables a la liberalización y difusión del acceso al aborto. Y la que me pilla más de cerca, es la decisión de instituciones universitarias de identidad cristiana de invitar a ponentes y de agasajarles de alguna manera, que en su vida personal o en su pensamiento son públicamente contrarios a la doctrina católica.

¿No son todo esto formas de generar confusión y aún escándalo? ¿No lleva el afán de diálogo y de tender puentes, a perturbar la tarea identitaria de esas instituciones y a poner en duda algunas verdades absolutas? ¿No es más respetuoso con la fe de los sencillos y de los jóvenes en formación, ofrecer tan solo un testimonio y enseñanza libre de defectos evidentes? Si se invita a esos, ¿por qué no a un nazi, a un comunista, a un terrorista islámico, para que expresen sus visiones y todos aprendamos de los que piensan distinto?

Un poco de sensatez

Me parece que estos conflictos se crean con frecuencia de modo un poco tonto, por definir de modo excesivamente elogioso o general el homenaje que se le presta a un ponente, invitado o galardonado. Es preciso delimitar las razones de ese reconocimiento. Y a veces será bueno delimitarlas explícitamente, excluyendo algunos puntos sobre los que “no se está de acuerdo”, pero que no oscurecen el interés de otro ni el respeto intelectual que se le tiene.

Me parece que así es perfectamente posible el diálogo intelectual, en persona o en instituciones educativas, sin caer en el confusionismo o en el relativismo. Al revés, al ayudar a tener pensamiento crítico y a escuchar y aprender de otros, se hace más fácil mejorar los propios argumentos y purificar la misma fe de las adherencias culturales o ideológicas de que siempre es objeto, para definir con mayor precisión quién y qué es digno de fe, y quién y qué es digno de discusión, respetuosa y paciente. O de corrección e incluso de sanción.

Dónde se pone la línea de lo intolerable es una cuestión prudencial (la tolerancia es cuestión de prudencia) que no puede evitar atender al consenso social de lo que se considera aceptable. No por relativismo, sino porque es posible que fruto de esos condicionamientos sociales alguien pueda estar gravemente equivocado –sobre el origen de la vida humana y su protección- y a la vez demuestre ser inteligente y recto en ese mismo argumento y por supuesto en otros donde además puede tener razón o mucho que aportar.

Por supuesto, esto no obliga a invitar siempre y solo a gente discordante. También es preciso ofrecer a la gente joven y a los sencillos una exposición razonable pero inequívoca de algunas verdades absolutas. Pero esto no sustituye a la formación en la capacidad de pensar por uno mismo y sobre todo a la capacidad de pensar con los otros “en amistad y diálogo” (Xènius).

Escándalo… o más bien necesario desconcierto

Esto –me objetan- puede producir escándalo. Aún el llamado escándalo de los pusilánimes o de los fariseos, que si es posible debe también evitarse. Sin embargo, pienso que hay aquí una confusión:

El desconcierto que supone la puesta en duda de ciertas convicciones más o menos arraigadas, por exponerse a argumentos contrarios, es el núcleo del método socrático con el que se ha hecho la filosofía griega que da estructura a la teología cristiana. Por tanto, está en el núcleo duro de nuestra civilización, y de la actividad propia de una institución universitaria.

Sufrir ese desconcierto no es por sí mismo un mal, y puede ser un paso necesario hacia el bien; como el dolor de la operación puede ser curativo. Evidentemente, no es bueno buscarlo por sí mismo. Eso es postureo de provocador, que es una actitud muy peligrosa para el docente y para el alumno. Y por supuesto para algunas instituciones. Asomarse al precipicio de vez en cuanto para mirar para abajo y ver de modo más completo, no es lo mismo que hacer malabarismos en la frontera todo el puñetero día.

En cualquier caso, la dosis conveniente de desconcierto –en su intensidad, duración, etc.- es una cuestión que no se puede resolver en línea de principio, sino que es esencialmente prudencial. Debe atenderse a las condiciones de tiempo, personas, y otras circunstancias. Exige por tanto la actitud de corregir los excesos y defectos y aprender de esos errores y aciertos, y contar con el consejo ajeno para completar la propia imagen de la realidad.

Sin tolerancia al desconcierto es imposible el diálogo. Sin el diálogo es imposible el encuentro personal. Y por lo tanto el acceso a la misma verdad (aunque se puede y de hecho se accede a ciertas verdades sin diálogo racional: por fe o confianza personal) y sobre todo a la caridad (aunque esta tiene también otras manifestaciones, como por ejemplo corregir al que yerra).

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