Cristianismo, religiones, violencia

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Desarrollo aquí un argumento que hilvané en junio en Nueva York, tomando un café en Bryant Park y en la cola de un Whole Foods con Julio A y Andrés T. Pienso que estas consideraciones son muy relevantes para entender las cuestiones referidas al Islam y la integración de la población inmigrante, el diálogo interreligioso y la libertad religiosa, las controversias sobre los derechos de ciertos colectivos y el inminente debate sobre la no violencia, dentro de la Iglesia católica.

Religión y violencia mimética

Dejémonos de buenismos. Como demuestra cualquier estudio antropológico, toda religión es estructuralmente violenta, pues intentan evitar el caos cósmico y social mediante la violencia sacrificial. Hasta que llegó el Cristo.

La cruz cancela todos los sacrificios, porque es EL sacrificio de EL inocente. Por un lado realiza perfectamente lo que se pretende con los sacrificios, ofreciendo una víctima propicia; por otro satisface lo que Dios pide (misericordia quiero…); y  finalmente desvela lo que realmente sucede en los ritos sacrificiales: la muerte del inocente -directa o vicaria, real o simbólica- a manos de la masa.

Solo la religio vera -del Logos que es el siervo sufriente de Dios- desvela la violencia como obra del diablo (Cor 10:14 “los paganos dan culto a los demonios”) y propone a cambio un “sacrificio racional” o mejor “conforme al logos” (logiké latreia; Rom, 12:1). (cfr. Ratzinger, Introducción al espíritu de la Liturgia).

De ese modo el cristianismo desactiva la dinámica social de la violencia mimética contra el “chivo expiatorio”, y permite un fundamento racional del orden social. Aunque a la vez extirpa el mecanismo por el cual las sociedades primitivas consagran su orden, y lo sustituye por el más enclenque de la virtud y la misericordia. (Para todo lo referido a la violencia mimética y el sacrificio del chivo expiatorio, cfr. la obra de René Girard).

Evidentemente, los cristianos no siempre son capaces de desembarazarse de este modo de pensar y actuar. Pero basta que “miren al que traspasaron” para que queden curados de la picadura de la serpiente (Jn, 13: 14-16), y acepten con paciencia el sufrimiento en este mundo, transformándolo por el amor en algo redentor. La alternativa son los diversos modos de inmanentizar el escatón, de traer el cielo a la tierra por nuestras fuerzas. Posibilidad abierta por el Cristianismo, y que se desencadena cuando el cristianismo pierde de vista la Cruz (cfr. Eric Voegelin). In hoc signo vinces escuchó Constantino.

¿Cristianismo sin Cristo y sin Cruz?

En nuestro mundo ilustrado pensamos en el cristianismo como la versión occidental del ornato religioso de la moral. Es decir: vemos que lo estructural es la moral del amor y del respeto, y que lo demás -Alláh, Cristo, la Meca, el pan y el vino- son elementos secundarios, relativos, culturales, prescindibles o intercambiables. Algunos van más allá y detectan en cualquier religión organizada la semilla de la opresión y la violencia. En todo caso, ambos grupos se plantean la conveniencia de “superar” el Cristianismo para entrar en una sociedad racional secularizada, donde los diversos estilos decorativos de la moral y de la cultura conviven en un pluralismo tolerante.

Quienes piensan así -que me temo es el caso de casi todos los cristianos- no han entendido la aportación “estructural” del Cristianismo a la cultura. Me refiero al Cristianismo no como principios abstractos de moral buenista, sino como historia concreta de la muerte y resurrección de un inocente que era -y es- Dios.

Por ejemplo, a base de acostumbrarnos al crucifijo o de verlo con ojos laicistas como mera “presencia religiosa en el ámbito público”, la afirmación paulina de que la cruz es “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” nos resulta incomprensible. Por lo mismo, nos puede parecer un detalle anecdótico que la sura 4:157-158  del Corán, niegue que Jesús muriera realmente en la cruz. Otra forma de desarticular el Cristianismo es reducir la Cruz y la idea de sacrificio a la idea de “dolor o esfuerzo intensos que deben ser imitados”, en clave meramente sentimental, moralista y hasta masoquista.

Por el contrario, qué bien entendían el sentido del Dios-inocente-crucificado y sus llagas los indígenas americanos que habían vivido la violencia sacrificial en sus carnes.

Secularización y retorno a la violencia

Cuando la sociedad desecha el cristianismo y lo que considera simplemente como “volutas doradas y santos en hornacinas”, pero quiere quedarse con su moralina, retorna sin quererlo a la violencia mimética, agitada por el “pensamiento-masa” (tan frecuente en esta época de populismos post-verdad). Se hace incapaz de dar una respuesta a la vez racional y misericordiosa a problemas sociales acuciantes, y busca sin remedio un chivo expiatorio sobre el que articular una narrativa de culpabilidad, que culmina en alguna forma de sacrificio catártico. La sociedad queda desnuda y sin recursos -armada solo con un lenguaje vacío lleno de buenas intenciones- a la espera de una crisis mimética.

Pero algo parecido se puede decir de los que pretenden igualar todas las religiones, con buena voluntad. Si las religiones respondieran a lo que ha pedido el Papa Francisco en Asís -renunciar a la violencia y a la guerra como satánicas- es que estarían “a punto” de ser cristianas.

Porque sin aceptar la Cruz, es imposible que se sustraigan del todo a la dinámica del chivo expiatorio o de la inmanentización del escatón (esto último se ve claramente en el discurso apocalíptico que sostiene ideológicamente la idea del califato). Si quitamos las cruces, nos veremos abocados a crucificar a un nuevo chivo expiatorio, para cancelar la espiral de violencia: el judío, el mexicano, el inmigrante, el diferente.

Habrá gente ilustrada que lo verá como un desastre, llevándose las manos a la cabeza al ver lo que sobreviene tras la descristianización. Otros, más impacientes, verán en esa violencia demagógica el camino rápido para instaurar la sociedad finalmente secularizada y justa. Si los primeros se convencen de que hace falta que alguien inocente se sacrifique voluntariamente por todo el pueblo, descubrirán que ya hubo UNO que lo hizo, y probablemente abrazarán la fe, y darán la cara.

Los segundos, aún vestidos de retórica liberal y racionalista, son en realidad demagogos no solo post-cristianos, sino dispuestos a sacrificar en el altar de su proyecto revolucionario las víctimas que sean necesarias.

Tribalismo, totalitarismo, ingenuidad suicida… y victimismo

El cristianismo como fenómeno histórico no es necesariamente el bueno de la película. Como exigía Benedicto XVI, la religión debe ser purificada por la razón, del mismo modo que la razón debe ser purificada por la religión.

He dejado caer ya tres formas en las cuales el cristianismo puede contribuir a lo que pretende evitar: 1) cuando recae socialmente en la estructura del chivo expiatorio (como con las crisis antisemitas); 2) cuando por olvidar la lógica de la Cruz, pretende traer el cielo a la tierra, aquí y ahora (como en la teología de la liberación y otras teologías políticas). Y 3) Cuando deslegitima los mitos fundacionales de la sociedad, pero no es capaz de ofrecer una estructura sustitutiva basada en la verdad, el amor y la virtud (algo de lo que Varrón acusaba a los cristianos con el imperio romano, y a lo que contestó San Agustín con La Ciudad de Dios, XV, 4).

Lo primero lleva a formas de “tribalismo”, lo segundo a formas de “totalitarismo” específicamente post-cristianas (también islámicas). Lo tercero puede derivar en una especie de “ingenuidad suicida”, que desconozca entre otras cosas la necesidad de la legítima defensa y de la autoridad política a este lado de la Jerusalén celeste. Pero hay una cuarta forma en la que el cristianismo puede traicionar su esencia: mediante el contagio del “victimismo”.

Aquí se descubre cómo las sociedades secularizadas de occidente siguen siendo cristianas “estructuralmente”: cuando victimizan a un colectivo de modo que se le atribuye superioridad moral y se impide que sea objeto de toda crítica racional. Lo vemos en tantas “obras de arte”, donde se representan crucificados a representantes “colectivos” (insisto en lo colectivo, porque apunta también el riesgo del pensamiento masivo) victimizados, en sustitución del cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Ni siquiera los cristianos perseguidos y los mártires deben caer en la espiral de la victimización, porque no es sino otro modo de crear chivos expiatorios (esto es muy distinto a denunciar la injusticia o a ejercer la legítima defensa). Solo hay una víctima totalmente inocente.

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