Colombia: Nobel a la paz, la justicia, la prudencia y el perdón

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El premio Nobel al presidente Santos me ha hecho volver a pensar sobre los principios en juego en el proceso de paz. Ignoro buena parte de los detalles, que conozco por la prensa y algunos amigos colombianos. Como diré al final, me parece inadecuado el Nobel a Santos -al menos solo a Santos-. Y me alegro de que el No haya ganado el referéndum porque entiendo que se cumplen al menos dos condiciones, y siempre que se cumplan:

1) Que los que hicieron campaña por el no -frente a la retórica universal que los calificaba de enemigos de la paz- quieren la paz tanto como los demás: solo tienen un juicio diverso sobre el mínimo de exigencias de justicia que harían de la paz una situación viable y sustancialmente mejor que el actual conflicto.

2) Que las FARC aceptarán un acuerdo más exigente con ellos, una vez ven que el pueblo colombiano no traga con sus condiciones, muchas de ellas desconcertantes. Y por tanto que es posible llegar a un acuerdo que sea más justo, y también -en términos meramente descriptivos- que de menos poder a las FARC en el nuevo escenario.

A la vez, para que se entienda lo anterior, me gustaría recordar algunos principios:

1) La paz no es la ausencia de guerra, sino la obra de la justicia: el estado que se logra cuando rige un orden justo. En ausencia de justicia (medida objetiva conforme a la razón), las relaciones entre personas y grupos se rigen -abierta u ocultamente- por la violencia.

2) A los defensores de la justicia -de todo género y pelaje- conviene recordar(nos) que la política consiste en llegar a “arreglos compromisarios” siempre imperfectos, que suelen incluir a grupos y personas que han cometido injusticias y que se aprovechan de ello para su poder negociador. La alternativa es el exterminio del enemigo. En otras palabras: todo orden constitucional se apoya por eso en un “olvido o amnistía constituyente”, que cancela algunos agravios (nunca todos) y permite restablecer un orden jurídico-político sobre bases estables, en vez de abrir un infinito ajuste de cuentas con el pasado, hurgando en agravios de siglos. “No hay justicia sin perdón” decía Juan Pablo II. Evidentemente eso hace que todo régimen político sea susceptible de mejora, y también de crítica revolucionaria. Y por tanto ningún régimen puede presentarse como sumamente justo, por más que se recurra a la mitificación de los orígenes para lograr la aceptación popular a lo largo del tiempo.

3) Si esta es la condición del hombre, la tarea de la política exige no solo la virtud de la justicia, la aplicación de principios y la defensa de los derechos, sino también la prudencia, es decir: del empeño por descubrir y hacer de modo efectivo aquello que es acertado aquí y ahora, para lo cual hay valores instrumentales que tienen cierto carácter previo: paz y orden de cierto tipo preceden a la posibilidad de hacer justicia y de defender la libertad.

4) La prudencia no es ajena a la realidad, sino precisamente consiste en conocer la realidad tal cual es y descubrir las posibilidades efectivas de actuar sobre ella para lograr realidades más justas y eficaces. Pero -al margen de la prohibición absoluta de ciertos comportamientos directamente queridos, como matar- la verdad práctica solo se desvela en un proceso abierto de discusión entre distintas perspectivas e intereses, y como respuesta ante las acciones concretas. Por eso no es verdad que pueda oponerse la ética de la convicción (fiat iustitia, pereat mundus) a la ética de la responsabilidad (la propia del político que debe garantizar ante todo la paz y el orden). Basta no convertir la política en pura moral, donde al adversario se le tacha sencillamente de enemigo, de malvado, de criminal, como se ha hecho con muchos partidarios del no.

Desconozco los detalles, pero a la vista de lo anterior, pienso que hubieran hecho un buen servicio a la paz en Noruega si le hubieran dado el Nobel a los presidentes de Colombia en comandita, y no solo a Santos. Así se evitaría el maniqueísmo moral con el que se ha presentado el proceso, lo que -al menos en mi caso- ha sido decisivo para inclinar la voluntad de muchos hacia el no.

El nobel de la paz debería ser siempre también un nobel a la justicia, a la prudencia y al perdón. Si no es así, hace flaco favor a la paz.

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